Mi heroína



| 11/01/2017

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Estoy segura que si la hubiera conocido Jean Paul Sartre se hubiera enamorado de ella, en primer lugar por su inteligencia, en segundo por sus ojos azules y en tercero por su encanto natural. Sí, Antonia lo hubiera conquistado, le hubiera hecho las preguntas filosóficas más insólitas, pero sobre todo lo hubiera hecho reír mucho con su característico sentido del humor. Lo más probable es que Simone de Beauvoir se hubiera puesto sumamente celosa, pero después de haberla conocido también ella se hubiera enamorado de “la charmante mexicaine”. De allí que con toda naturalidad imagine a los tres tomando un café en el “Deux Magots”. El filósofo con su eterno cigarro en la boca, la feminista con su “bandeau”, es decir con su mascada alrededor de la cabeza en forma de diadema, y mi hermana con su larga cola de caballo, como solía peinarse en los años cincuenta.

Desde que Antonia era adolescente, era ferviente lectora de ambos. Conocía su obra a la perfección en francés, en español y en inglés. Los admiraba a tal grado, que desayunaba frente a sus respectivas fotos y se ponía a platicar con ellos, como si estuvieran de carne y hueso en su presencia. De hecho, fue ella la que me los presentó. “Tienes que leer Las palabras, de Sartre, es la mejor autobiografía que se ha escrito”. Cuando cumplí 18 años, mi hermana me regaló Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Juntas pasábamos horas en el teléfono hablando de la relación amorosa tan particular de estos dos intelectuales. “Sartre decía que el amor necesario que se tenían no debía excluir los amores contingentes. Entre ellos nunca se mentían y se contaban todo para no caer en la costumbre tan burguesa del silencio”, me explicaba mi hermana.

Para entonces, y a pesar de los nueve años que nos separan, Antonia se convirtió en mi heroína, en mi confidente y en mi mejor amiga. Me contaba historias que iban desde las intimidades de los artistas de Hollywood de la década de los cuarenta, hasta las vidas privadas de los reyes de Francia y de Napoleón Bonaparte. Su cultura me asombraba. De recién casada mi hermana, cuando iba a visitarla a su casa a las calles de Tennyson, nos pasábamos las tardes hojeando su colección de la Ilustración francesa que había heredado de mi abuelo. Mientras mirábamos las láminas, acompañadas con la música de Jean Sablon, me hablaba con un verdadero fervor sobre las batallas en Europa, los nombres de las cortesanas de los reyes, de los acontecimientos de las dos guerras mundiales y de la guerra civil en España. Con una verdadera emoción me platicaba de la relación de amor entre Victor Hugo y Juliette Drouet. Me leía párrafos enteros de Los Miserables y de De profundis de Oscar Wilde.

Algo que nos unía enormemente era que teníamos el mismo sentido del humor. Nos encantaba criticar por teléfono y ver, cada una en su casa, las telenovelas de Aldo Monti y Ofelia Guilmáin y las películas de Abel Salazar y Rosita Arenas. Nos moríamos de la risa criticando a algunas tías y amigas de mi mamá. Cuando analizábamos a cada uno de los miembros de la familia, nos podíamos quedar en el teléfono hasta la madrugada. Si estábamos juntas en un restaurante, imaginábamos la vida de los comensales. Antonia era genial, original, chistosa, ocurrente y muy imaginativa. Se le podía contar el secreto más íntimo a sabiendas de que no lo repetiría jamás. Era la hermana mayor perfecta, sabía escuchar sin juzgar. Daba consejos siempre y cuando se le pedía: “Antonia, ¿me caso con Francisco o no?”. “Si te casas con él, imagínate en unos años, con tubos en la cabeza, panzona, con un niño de brazos en un súper de McAllen”. La imagen fue suficiente para romper con mi novio de entonces.

Cuando me fui a estudiar al extranjero, le escribía cartas de hasta de diez pliegos. Sus respuestas también eran larguísimas, especialmente cuando ella se fue a vivir a Europa. Recorrer y descubrir el París de Antonia, para mí era un acontecimiento indescriptible. Ver una película de Visconti con ella, y después comentarla, era un verdadero deleite. Siempre le estaré agradecida por haberme llevado cuando tenía cinco años al Cine Parisiana, a ver la película Cantando bajo la lluvia.

El domingo pasado, el 8 de enero, Antonia cumplió 80 años, rodeada de sus hijos y de sus nietos. Así como siempre fue la hermana perfecta de sus hermanas, también ha sido maravillosa esposa, madre, abuela y suegra.

¿Acaso Antonia no es una verdadera heroína?

gloaezatovar@yahoo.com





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