Al aula sólo a aprender



| 11/01/2017

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A las escuelas de Laredo, Texas, los menores solo deben acudir a aprender las enseñanzas elementales, las instrucciones en los cursos regulares, la cátedra en cada materia, pues en lo demás, en lo más importante, la verdadera enseñanza que debe recibir un hijo, esa se mama en el seno familiar.

Adicciones, bullying o acoso estudiantil, embarazos juveniles, deserción, pandillas, todo un conglomerado de amenazas que acechan a los menores de educación básica, se evitan desde el hogar.

Desde preescolar, hasta preparatoria, siempre sobre los chicos se ha cernido una negra nube amenazadora, un conjunto de males latentes, algo que no cede, ni cederá nunca, en Laredo, ni en ningún rincón del mundo.

Y es la familia la solución, los padres, hermanos mayores, abuelitos, primos, tíos, padrinos.

Es bajo el cálido techo, en el entorno de seres queridos, donde se enseñan valores que deberán disipar tales amenazas.

Nunca serán los maestros, ni los consejeros estudiantiles, ni los policías, quienes hagan el trabajo de los que crían, de los que guían y encaminan a quienes están creciendo, formándose.

Nunca será un ajeno a la sangre, quien supla a un propio, a uno de la familia, en su tarea de formar a las nuevas generaciones.

Tales agentes cercanos, pero externos a los niños, tienen sus propios problemas, con sus respectivos descendientes, porque también son seres humanos, son padres, tutores, abuelitos y parientes de niños y jovencitas que pueden estar pasando por problemas conductuales.

Ni los profesores, ni los sicólogos de la escuela, ni ña enfermera, ni el entrenador, ni los consejeros estudiantiles, ni los empleados de vigilancia, ni los policías, nadie, ninguno de ellos tienen la obligación de formar a sus hijos, porque estos últimos, son suyos de usted, estimado lector.

Como tampoco evitar que se unan a las malas manzanas de la huerta, llamada escuela, barrio, colonia y grupo social de cercanía.

Roberto Villarreal y Clemente Camarillo, uno y otro, como respectivo jefe de policía, de cada distrito escolar independiente local (LISD y UISD) coinciden en señalar que la educación y el cuidado, nacen en cada hogar.

Todo niño o jovencito que practica el bullying, es porque sus padres y demás familiares, pese a saberle cierto comportamiento de acosador o de persona molesta para con los demás, no hace mucho al respecto.

Todo menor con instintos vandálicos, es seguro de que en casa ya dio una señal de agresividad, por más ligera que esta haya sido.

El chico gritó en silencio que necesita atención, dijo que está molesto, que algo le incomoda, que quiere atraer a sus padres, que busca soltar todo el problema mental, todo el rencor que se carga.

En lo referente a las drogas, es igual, ningún padre de familia, puede decirse extrañado de que su hija o jovencito, este consumiéndolas, por más inocente que sea el adulto, por más ocupado en su trabajo, por más escurridizo que sea el chico, siempre hay una señal, un foco rojo que se prende y se apaga en cada hogar.

Pertenecer a pandillas, es lo mismo, todos prefieren ahí protegerse, en lugar de ser agredidos, todos desean ser los chicos temidos de la escuela y de la barriada, en lugar de ser el blanco continuo de los peleoneros y “malditos” del barrio y de la escuela.

Y tampoco nada cambia en el despertar sexual, en las pre-adolescentes y adolescentes, su vestimenta, su comportamiento, su desarrollo.

Madre, abuela, tías, hermanas mayores, primas, todas las familiares pertenecientes al sexo femenino, deben y están obligados a velar y vigilar, para que las chicas no “anden en malos pasos”, pues todas las mayores parientes citadas, ya pasaron y saben del despertar a la pubertad, al llamado de la naturaleza.

Y que esta etapa peligrosa debe ser bien encausada en las menores, por parte de estas damas de mayor experiencia en el clan.

Justo lo mismo ocurre en la que debe ser la relación estrecha de los varoncitos para con los hombres mayores del núcleo familia.

Que los adolescentes vean los ejemplos de las vidas alteradas por embarazos juveniles que a alguien de los suyos tuvo la desgracia de incurrir.

Que vean como les truncaron los planes de una mejor vida a uno de su familia, que aprendan que aquellos tiraron por la borda el prepararse con estudios superiores en las aulas y nada les quedar más que salir y sacara adelante a su familia, a como se pueda.

Roberto Villarreal y Clemente Camarillo, jefes policiacos de LISD y UISD, saben mucho de estos, son décadas de ser policías escolares, han visto y han vivido mucho.

Pero todos nosotros también lo sabemos ¡y muy bien!, así que hagamos algo a tiempo por los nuestros.





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