Trump se siente en 'caza de brujas' por escándalo ruso


El presidente de EE UU se enfrenta a las investigaciones con su partido dividido y la oposición fortalecida


Donald Trump a su llegada este viernes a Orlando.
El País | 03/03/2017

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ESTADOS UNIDOS.- Donald Trump ha bajado la voz. Después de tocar la gloria ante los republicanos en su discurso del martes en las Cámaras, el escándalo de la conexión rusa le ha golpeado con inusitada profundidad. Su fiscal general, tras descubrirse que mintió al Senado, ha tenido que inhibirse de la investigación de la explosiva trama y su partido le ha dejado solo en su defensa. Con los demócratas reagrupados en su contra y los republicanos divididos, el vertiginoso presidente de EEUU atraviesa una de sus peores horas.

El volcán ha entrado en fase silente. Desde hace una semana, los tuits de Trump han perdido veneno y ya no insulta a los medios. Como mucho se considera víctima de una “caza de brujas” y culpa a los demócratas de sus males. Algunos analistas se preguntan si el presidente está mudando formas en busca de un tono más presidencial. No hay demasiadas pruebas que lo soporten. En cualquier momento puede registrarse una erupción. Pero de lo que no cabe duda es que se trata de un presidente acosado. La conexión rusa ha derribado a su consejero nacional de Seguridad, Michael Flynn, malherido a su fiscal general, Jeff Sessions, y tocado a su yerno y asesor, Jared Kuschner. Tres halcones que pertenecían a su círculo más íntimo.

Donald Trump ha bajado la voz. Después de tocar la gloria ante los republicanos en su discurso del martes en las Cámaras, el escándalo de la conexión rusa le ha golpeado con inusitada profundidad. Su fiscal general, tras descubrirse que mintió al Senado, ha tenido que inhibirse de la investigación de la explosiva trama y su partido le ha dejado solo en su defensa. Con los demócratas reagrupados en su contra y los republicanos divididos, el vertiginoso presidente de EEUU atraviesa una de sus peores horas.

El volcán ha entrado en fase silente. Desde hace una semana, los tuits de Trump han perdido veneno y ya no insulta a los medios. Como mucho se considera víctima de una “caza de brujas” y culpa a los demócratas de sus males. Algunos analistas se preguntan si el presidente está mudando formas en busca de un tono más presidencial. No hay demasiadas pruebas que lo soporten. En cualquier momento puede registrarse una erupción. Pero de lo que no cabe duda es que se trata de un presidente acosado. La conexión rusa ha derribado a su consejero nacional de Seguridad, Michael Flynn, malherido a su fiscal general, Jeff Sessions, y tocado a su yerno y asesor, Jared Kuschner. Tres halcones que pertenecían a su círculo más íntimo.

“¿Qué tienen los rusos sobre él?”, pregunta una y otra vez la líder de los demócratas en la Cámara de Representantes. La respuesta sigue abierta y señala una debilidad política del presidente: el escándalo hace grandes a sus adversarios. Hasta la fecha no sólo ha puesto en posición de combate a la prensa, sino que ha logrado unir y dar dirección a los demócratas. Y lo que es peor, ha sembrado la duda en sus filas. Los mismos republicanos que aplaudieron a rabiar al presidente el martes, al día siguiente dieron un paso atrás al revelarse que el fiscal general ocultó durante sus comparecencias en el Senado que se había entrevistado con el embajador ruso en pleno ciberataque del Kremlin a los demócratas.

Por unas horas, Trump y su equipo se quedaron solos. Numerosos senadores conservadores exigieron que Sessions aclarase su conducta. Incluso el presidente del Congreso y líder republicano, Paul Ryan, aceptó que el fiscal debía inhibirse si la investigación le afectaba. El golpe oscureció al propio magnate. Su primera intervención con vestimenta militar, a bordo del portaviones USS Gerald R. Ford, quedó eclipsada. Las miradas se clavaron en el fiscal general. Bajo la presión de las exclusivas de The Washington Post, Sessions, el jefe del FBI y del Departamento de Justicia, se había vuelto un posible sospechoso en la trama rusa y anunció su separación de cualquier investigación sobre el caso, el mayor a su cargo.

El escándalo había ido más rápido que el propio presidente. Y la carrera no ha hecho más que empezar. En torno a la conexión rusa, el Senado, la Cámara de Representantes, el FBI y los servicios secretos tienen investigaciones abiertas. El objetivo es determinar el alcance de la operación puesta en marcha por el Kremlin durante la campaña electoral. Las agencias de inteligencia han concluido que Rusia pretendía “ayudar a Trump desacreditando a la demócrata Hillary Clinton”. Para ello recurrieron al jaqueo de las cuentas de correo del Partido Demócrata y de su jefe de campaña, John Podesta. El material lo filtraron luego a Wikileaks para su difusión.

La clave de las pesquisas radica en determinar si el equipo de campaña de Trump estuvo vinculado a los ciberataques rusos contra los demócratas. En caso afirmativo, se destaparía la caja de los truenos. Eso no ha ocurrido, pero el tamaño de la sospecha es de tal magnitud que los demócratas han pedido la apertura de una comisión especial que revise las vínculos del presidente con el Kremlin. En las filas republicanas han surgido voces que lo apoyan, pero los líderes del partido se niegan a permitirlo. Hacerlo supondría romper con Trump.




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