Mirador



| 21/04/2017

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Hay en el cementerio de Ábrego una tumba. La voz que de ella sale dice esto:

“No sé si creí en Dios. Pero siempre creí en la vida, y quizás es lo mismo. En todas las manifestaciones de la vida vi a Dios y percibí su eternidad, porque la vida nunca acaba. ¿Cómo puede la vida tener muerte? No termina jamás; únicamente se transforma. Yo aprendí eso en la naturaleza: se va la primavera y llegan los fríos del invierno, pero se va el invierno y renace otra vez la primavera. Ese ritmo de vida lo pude aprender porque lo vi. Quizá hay otro que no conozco y que ahora no puedo entender. Quizá al invierno de la muerte ha de seguir una primavera de resurrección. No lo sé, pero lo siento. Y el sentimiento es a veces la forma mejor de la sabiduría”.

En esa tumba del cementerio de Ábrego hay una pregunta.

Quien en ella está ya conoce la respuesta.

¡Hasta mañana!...





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