Memorias


Historietas deshilachadas de la infancia y en juventud, en parientes, amigos y compañeros de trabajo


Rodriguito con su mamá el día de su boda, bisnieto de Ninfa Deándar Martínez.
Ninfa Deándar Martínez (Primera Parte) | 18/06/2017

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Rodriguito cara pálida.

El amor brilló.

Niño de pelito casi blanco, alegría de mi vida junto con tu tía “La Manzanita” Lucía Cantú Lozano, quienes me dan horas inolvidables; recuerdo el día en que se casó Rodrigo Jardón con Ninfita, tus padres. Mi adorada nieta lucía unas flores grandes, blancas que adornaban su cabeza como una reina, pero lo más bello fue que salieron los dos con Rodriguito en hombros de su papá, los dos se veían felices y de ensueño, él con un traje azul y el niño con uno igual, parecían de película.

Mis amigas Marina Rodríguez e Irma Peña de Ramírez Ferrara gozamos del espectáculo, comenzó el baile y Lucía “La Manzanita” empezó a bailar dando de brincos con sus hermanos Heriberto y Rodrigo Cantú… fue un evento inolvidable.

Rodrigo Jardón, esposo de mi nieta Ninfita, viven ahora en San Antonio, Texas, en una bonita casa llena de flores y columpios para su hijo Rodrigo que es bisnieto del Lic. Alonso Ayala.

Se casaron en un hermoso rancho cerca de Monterrey,  ubicado en una montaña con una vista maravillosa, fue una boda hermosa, donde la ceremonia budista fue celebrada por Tony Karam, maestro y gran orador, les habló en términos bellos y así unieron sus vidas, espero que para siempre, con tan hermosa familia creo que así será. Que Dios y los Budas los bendigan siempre.

Algo amable para refrescar el ambiente

Ayer me fui con mi nieta Lucía a comprarle un regalito, ella lo escogió un camión de fiestas de la Barbie; mi hijo Heriberto, Lucy y yo nos pusimos a armarlo, después se fue con Roxana su mamá y su papá a una comida, los tres iban muy contentos. Yo me regresé a casa a descansar porque es una niña hiperactiva y estaba muy emocionada, me cansó, pero me hace muy feliz su felicidad.

Tenía como 18 o 19 años, en vacaciones trabajaba para mis tíos queridos, tía Anita Deándar y Guillermo de Alba, era feliz trabajando con ellos, eran vacaciones pero teníamos que corregir todos los exámenes de las escuelas de preprimaria. Ellos eran inspectores, los dos, pero mi tío Memo era estricto con el trabajo, me daban manzanas muy limpiecitas y a trabajar toda la mañana hasta la hora de comida, fui muy feliz con ellos.

A mi nana Pime


Nanita mía y de mis hermanos te recordamos siempre con harto cariño a ti y a tu hermana la Güera; sus nombres de antaño eran Epigmenia y Felícitas “la costurera”, dos almas gemelas que nacieron para repartir sonrisas y alegrías. Enfrente de mi casa vivía la Güera con sus dos padres viejitos, él, un poco borrachito, flaco y espigadito; ella : gordita y de enaguas negras y largas; siempre lo mismo vestían con singular elegancia.

La Güera cosía y cosía en su máquina Singer y su madre nos mecía en un columpio hecho en casa de tela de manta; colgaba de los barrotes de la vieja casa con hilos de mecate que quizá el abuelo tomó del periódico, pues con ellos hacían los paquetes de periódicos que se iban en la camioneta. Herrera, un fiel distribuidor, ayudaron al abuelo Sebastián a lograr tan intrépida odisea de colgar el columpio de tan alto techo. Así lo veía de chiquita.

Los fotógrafos José Guadalupe y José María Ibarra, hermanos, tomaban fotos para el periódico que se imprimía en metal con plomo caliente, un proceso que apenas recuerdo pues no me dejaban entrar porque en ese departamento del taller una máquina semieléctrica me llevó la mano izquierda;  me la salvó el doctor Lorenzo González Saldaña en el Hospital San José, cerca del periódico; estaba por la Guerrero cerca de Juárez y Perú donde aún se encuentra la casa y periódico y antes también la casa de madera de mi nana Pime y la “Güera”, la costurera.

Allí vivimos desde pequeños mis hermanos, yo y demás familia, mi hermana Elma era la más chiquita y mi hermano Orlando nos correteaba en la terraza con un ladrillo en las manos, bajábamos la terraza de la casa de dos pasos con brincos que ni Supermán los daba como mi hermana Elma y yo; los ladrillos volaron cerca de nosotros.

Mientras Beto, mi hermano mayor, con sus amigos tiraba piedras a las campanas de la iglesia de los Sagrados Corazones, el padre Vilchis haciendo corajes salía corriendo a quejarse con mi papá porque tirábamos piedras a la campana desde la terraza.

Mi padre, un personaje que consentía a sus dos hijas mujeres y a sus hijos los regañaba fuertemente con su cinto en la mano, sin pegarles, sólo los correteaba.

Naturalmente mi nana Pime y mi madre Ninfa Martínez de Deándar salían a la defensa de tan pobres cristianos.

Mi padre nos mandó a mi hermano Heriberto Deándar Martínez y a mí a estudiar en el Holding Institute, un caserón que se ubicaba en la orilla del río Bravo donde las corrientes eran como su nombre.

Mi hermano “Pacho“ me llevó por la orilla del río pues el hospital La Merced se encontraba relativamente cerca por la calle, caminé con pies flacos, pero firmes y zapatos de agujeta y con uniforme para conocer a mi hermanita que había nacido y se encontraba con mi madre en el hospital. El doctor Malacof la atendió y dio a luz una flaca y pálida güerilla chiquilla; era mi hermana Elma, mi corazón se llenó de regocijo.

Otro nacimiento que logró esa misma alegría fue el de mi nieta Alejandra que me llevó mi hijo Ramón Darío; estando yo trabajando me dijo de tal acontecimiento y salí con el corazón palpitando para ver a mi nietecita Ale.

Ramón con su esposa Claudia Richer, casi recién casado me enseñó la vitrina del hospital La Merced, ya en otro lugar cerca del consultorio del doctor Joaquín González Cigarroa, que su madre se hacía cargo de la farmacia que estaba adentro, cerca del consultorio.

Años más tarde me mudé a Reynosa con mi madre, mi nana Pime y la Güera; ella solía acompañarnos a Reynosa de vez en cuando; mi padre ya había fallecido y mi madre después de una lucha muy intensa salía a defenderme para que me quedara con el periódico pues José Cruz Contreras, que había rentado el periódico de Nuevo Laredo, no lo quería entregar. Yo joven, mi madre a mi lado y Daniel Ulloa que fue un fiel empleado y que mi padre lo adoptó como a un hijo en el periódico y que se casó con una linda mujer que mi padre conocía desde niña, lo cual mi padre después de este matrimonio, el de Arturo Cantú allá en Reynosa y del doctor Efraín Martínez R., le quedó el nombre de casamentero, pero él sólo tenía ojo para escoger buenas parejas.

Al pasar los años mi padre para compensarme del trabajo, después de la escuela me llevaba a mí a tomar un banana split al Woolworth de Laredo, Texas, que yo devoraba. Se encontraba dicho establecimiento en el centro de Laredo.

Mi cambio a Nuevo Laredo

Cuando ya logré gracias a la semilla que sembró mi padre Heriberto Deándar comprar al fin una casa grande y con patio para mi nana, la llevé ya viejita a vivir conmigo y Delgadina, linda chica que lleva más de 35 años a mi servicio; es ya parte de la familia como lo fue para nosotros mi nana Pimita. Ella se encontraba en el jardín y en su silla de ruedas por todo el patio porque le gustaba estar afuera; ya tenía hambre, íbamos a la cocina y le di unas flores chiquitas y se las quiso comer pensando que era un bocado.

Fue allí donde también acudía anteriormente mi padre a ver al doctor González Cigarroa para que le tratara de un viejo padecimiento del corazón (murió relativamente joven en Nuevo Laredo, de 67 años). Se encuentra en el panteón Los Ángeles junto a mi madre, su nieto Luis Jorge de 3 años, el esposo de mi hija, la muerte que también recuerdo es la de Rubén Calderón Esquer que murió en un accidente automovilístico en la sierra rumbo a Monterrey; era muy joven y adoraba a mi hija y a su recién crío Ricardo, niño excepcional que estudia universidad en la ciudad de Austin, Tx., con excelentes calificaciones; es mi orgullo; y por último el papá de mis hijos, Ramón Cantú Garza, que muriera del corazón en Nuevo Laredo. Todos que en paz descansen.

Aquí mismo en este patio la saqué en su silla y la puse a buen recaudo cerca de la alberca para que viera el agua y los pajaritos, era el atardecer; me alejé para ir a la cocina y a través de las puertas vi como un ventarrón se la quería llevar, se agarró fuerte de una mesa metálica donde yo le servía su merienda, se tomó de la orilla de la mesa y el viento no se la llevó; corrí a rescatarla y nos reímos a morir ambas por el incidente del travieso aire





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