Don Polo Pérez, el gran amador de la vida


Mi eterno amigo, en el ocaso de tu vida, te fuiste como las olas del mar… silenciosamente


Ninfa Deándar Martínez | 13/08/2017

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Por Ninfa Deándar Martínez

Lo recuerdo siempre alegre junto a su compañera Marisela que hacían pareja ideal, ella siempre le llevaba la contra y todos reíamos con él.

Cómo no recordarlo si los que lo acompañábamos sentíamos su alegría de vivir, gustaba del buen vivir y del buen comer. Íbamos al mar con la familia y caminábamos juntos por la arena, disfrutaba infinitamente del mar, un mar tranquilo que nos hablaba casi al oído y regresándonos la alegría que se desplazaba a nuestro alrededor.

Nos retirábamos a casa a tomar una taza de café, y me decía: “Estas olas del mar, comadre, me inspiran tanto que tan sólo contemplarlas me complace”.

Ya con la taza de café en la casa, platicábamos de diversos tópicos. Era un arduo lector de El Mañana de Reynosa y yo le llevaba a su casa El Mañana de Nuevo Laredo. Comentaba las noticias de los dos matutinos, le encantaba el comentario político.

Gran soñador, salíamos a la terraza en las tardes junto con Marisela, su queridísima esposa e inseparable compañera, y veíamos las estrellas que tímidamente salían en un atardecer iluminado por una luna que las acompañaba.

Así era como recordaba lo que había vivido en el día y veía a las nubes y al celoso mar que se escondía. Este recuerdo acompañará siempre a sus queridísimos hijos y a Marisela en esta vida tan llena de vicisitudes.

En mi trayecto de Nuevo Laredo a Reynosa observo las nubes con formas caprichosas que se asemejan a su cara, rodeada de niños, porque amaba intensamente a los chiquitos. Se divertía jugando con ellos y las madres y las abuelas encantadas de que los entretuviera mientras nosotros platicábamos; todos estos recuerdos me acompañaron en mi caminar a Reynosa donde iría a darle el último adiós a mi querido amigo, y acompañar a Marisela y sus hijos que sufrían su pena.

Ya estando en la funeraria, pensativa y consternada, me quedé pensando cómo no recordarlo si era un caballero, un dechado de virtudes que tenía conversaciones conmigo tan bellas y divertidas, acordándose siempre de sus grandes amores: sus hijos y Marisela.

Casi apenas respiraba como si tuviera prisa de demostrar sus sentimientos por su familia.

Mi querido Polo, quisiera algún día despertarme contigo y Marisela para seguir nuestra interminables conversaciones. En ellas siempre recordabas a tus amigos con verdadero entusiasmo o poniéndonos mérito que no teníamos.

Eres inolvidable, mi siempre bien querido amigo. Esperando que tu familia y Marisela, sobre todo, tengan una cristiana resignación que mitigue su profunda pena pues a los dos siempre les alegraba hablar de Jesús y de María.

Así fuiste en vida, como Cristo, rodeado de niños siempre. Tu amiga y tu comadre que nunca te olvidará.




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