Mirador



| 06/09/2017

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Vaya rujiada la que cayó en Saltillo, mi ciudad, este pasado lunes.

Has de saber -yo no lo sabía- que “rujiada” es un golpe fuerte de lluvia; lo que llamamos una tromba o un turbión. Se abatió sin más advertencia que la de una leve llovizna que caía con franciscana mansedumbre. De pronto la hermana agua se volvió hermanastra, y en un dos por tres hizo de las calles undosos ríos. En cuatro horas nos llovió lo que no nos había llovido en cuatro años.

Pero nuestros ancestros españoles e indios fueron sabios. Fincaron la ciudad en una pendiente suave que desciende del lomerío al valle. Por ahí bajó el caudal, obediente a la ley de la gravedad y a las demás leyes de la naturaleza. Al día siguiente la ciudad amaneció limpia y fresca, como muchacha recién bañada dispuesta al amor. Mi ciudad siempre está dispuesta al amor.

Los hombres somos descontentadizos. Maldecimos si no llueve y decimos mal si llueve mucho. Hagamos al mal tiempo buena cara, y al buen tiempo con mayor razón. Y demos gracias a nuestros abuelos, que nos hicieron casa que no tiembla, ni se la lleva el viento, ni se inunda.

¡Hasta mañana!...




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