Mirador



| 18/10/2017

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A media mañana voy por la autopista.

Es claro el día, después de varios en que faltó el sol. No se ven nubes en el cielo, que hoy ha sacado a orear su azul. Recuerdo un verso poco rubeniano de Rubén Darío: “¡Qué alegre y fresca la mañanita!”.

El campo ha verdecido por las lluvias. Hasta los montes parecen recién hechos. Las palmas del desierto tienen luz, como el cuerpo de las muchachas que acaban de salir del baño.

Antes del agua la tierra se veía terrosa. Su grisura ponía pesadumbres en el alma, tan dada a las pesadumbres, pobrecita. Ahora todo es nuevo, incluso el alma. Cuando está de buen ánimo Diosito se convierte en aguador, y pone el milagro de sus linfas en el polvo y en el hombre.

La tierra es muy agradecida. Por cada gota de agua que recibe da una brizna de hierba, una hoja de árbol o un pétalo de flor. Los hombres deberíamos ser como ella, agradecidos, y convertir en buenos frutos el bien que sin merecerlo recibimos.

Infinitas gracias hemos de dar el día en que aprendamos a dar gracias.

¡Hasta mañana!...




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