Les feuillesmortes



| 19/11/2017

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En el rancho solíamos apilarlas; grandes montañas de ocre cenizo, de soles marchitos, de naranjas tostadas, de un café hasta hoy, irrepetible. Les prendíamos fuego para deshacernos de ellas como si fueran algo tan indeseable, un pecado tan grande que sólo el fuego puede despedazarlas, sólo esa piromanía domesticada, sólo esa piromanía perdonable puede destruirlas. Hablo de las hojas, las marchitas, a las que les cantaba el francés Yves Montand allá por los sesentas “les feuillesmortes” -las hojas muertas-.

Prender un cerillo es un acto circense microscópico; cuando las yemas de los dedos por apenas fracción de un segundo tocan a la flama, besan al fuego. Cuando la piel por cosa de nada está quemándose, por cosa de nada pero lo está. Después al cerillo se le sostiene entre los dedos, encendido, como la mecha de una bomba. Y Lento va bajando el fuego, consumiendo esa astilla esquelética poco a poco, hasta que si hay seguridad arrojamossin pensarlo el cerillo a su víctima, y si no hay seguridad, dejaremos que el fuego al llegar a la piel y quemarla, sea el que nos dé la valentía forzada para arrojarlo.

Las hojas arden rápido, esto no es juego, se van, así como si nada. Un camino de humo se pinta por el cielo, un humo escandaloso que dice más de lo que sabe. Si alguien ve de lejos esa gran humareda ¿qué pensará? de seguro,que algo arde inmenso, que una casa quema, que una vida entera arde, que hay heridos, que hay dolor, pero nunca pensaría es una pila de hojas apenas.

El olor es penetrante, se queda en toda la ropa aún en la interior, en el pelo, en el aliento, en las cavernas de la nariz. El olor se queda por años, todavía puedo olerlo y recordar todo lo que se ha quemado, lo que se ha ido, así como las hojas, así como si nada.

Antes de arder está la vida. Arrojarnos frenéticos a esa pila de hojas, húmedas aún por el rocío de la mañana. Ahí está la juventud, en el dejarte caer de espaldas a ese colchón natural en un acto de confianza. La juventud está en ese otro aroma, el aroma de las hojas que aún no arden, ese aroma de bosque sin que vengan de un bosque. Esa pila de hojas se vuelve un ecosistema, en ese micro mundo está la felicidad contenida, bichitos que el rastrillo apiló, está la inocencia, la bella ignorancia de no saber que el fuego viene. El Alfa y el Omega se persiguen la cola entre las hojas, todo está ahí, si bien lo buscas.

Hay que arder querido lector como una pila de hojas. Formar caminos de humo por el cielo para que alguien nos vea, y se haga ideas de por qué ardemos. Decía Sor Juana que “nadie creerá el incendio si el humo no da señales” yo quiero que crean mis incendios, busquemos que nuestra vida se vuelva toda una gran llamarada, volvernos ese fuego que nos vuelve en otra cosa, que nada destruye sólo lo transforma.

Varias veces al año hay que arder, sólo así podremos ser otra vez una pila de hojas, un pequeño mundo envuelto en la bella ignorancia de no saber que el fuego viene, o saberlo quizá, pero hacer como que no sabemos nada y sonreír.

En la ciudad a las hojas las guardo en aburridas bolsas negras de plástico. El recolector de basura viene una vez al mes y se lleva como magia las decenas de bolsas apiladas. Salgo del trabajo y ya no están, ya no hay fuego, ni hay aromas, simplemente ya no están. Así es esto querido lector, así son les feuillesmortes. jorgesantana1@gmail.com




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