Evolución, no revolución



| 20/11/2017

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Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión vio la película "Fuego de juventud" ("National Velvet", 1944, con Elizabeth Taylor, Mickey Rooney y Donald Crisp), y su sola presencia en la sala cinematográfica fue causa de que se congelara el fuego. Una noche -milagro inusitado- la gélida señora accedió a cumplir el débito conyugal, lo cual hacía sólo dos o tres veces por año. Al día siguiente don Frustracio, su marido, amaneció feliz. Se dijo: "Creo que a Frigidia está empezando a gustarle el sexo. ¡Anoche, mientras le hacía el amor, roncó más quedito que de costumbre!"... Afrodisio Pitongo iba cargando dos enormes bolsas. En cada una llevaba los artículos siguientes: una botella de tequila, otra de whisky, la tercera de ron, y cuatro más de mezcal, ginebra, vodka y brandy, más un centenar de carrujos de mariguana y un paquete grande de condones. Además traía en la mano una Biblia. Se lo topó su amigo Libidiano y le preguntó a dónde llevaba todo eso. "A mi departamento -respondió Afrodisio-. El viernes tendré una orgía, y el sábado otra. Cada bolsa es para una de las orgías". Inquirió el otro, extrañado: "¿Y la Biblia?". Replicó el fornicario: "Es que luego es domingo, y no quiero faltar a la iglesia"... ¿Y si hubiésemos tenido evolución, y no revolución? En marzo de 1908 don Federico Gamboa escribió en su diario: “La administración de don Porfirio Díaz alcanza tales puntos de probidad y patriotismo que se le cita como ejemplo no ya en Europa y el resto del mundo, sino incluso en los mismos Estados Unidos, que siempre nos trataron con mal disimulado menosprecio. ¡Qué Presidente! El mejor que hasta ahora tuvo México. Mucho batallará para igualarlo quien emularlo quiera”. El escritor había sido nuestro embajador en Guatemala. Con términos acerbos se refirió en sus anotaciones cotidianas a Manuel Estrada Cabrera, el dictador que a sangre y fuego se aferraba al poder en la nación hermana, cosa que don Porfirio no hizo, y cuyos incondicionales le rendían abyectos homenajes, lo cual el general Díaz nunca permitió. Narró don Federico: “Hoy, Jueves Santo, se registró en esta ciudad mártir (Guatemala) un sucedido que pone de bulto el grado de avilantez a que hay que llegar para complacer a un déspota. Frente a las ventanas enrejadas de la casa particular del Presidente, desde las cuales éste, rodeado de sus edecanes, contemplaba la devota procesión, los conductores de la imagen de Jesucristo en la cruz detuviéronse frente a Cabrera e imprimieron a la imagen tres inclinaciones de acato y reverencia”. En México soplaban ya vientos de fronda. Gamboa anotó el 30 de junio de ese año: “Un grupo de cincuenta individuos han hecho destrozo y medio en Viesca de Coahuila. Según informaciones oficiales pertenecen al núcleo comunista que los Flores Magón encabezan y manejan a su albedrío desde Estados Unidos, cuyas autoridades federales y locales cierran los ojos paternalmente para con ellos”. Vino la Revolución, y con ella se inició un largo periodo de asonadas, cuartelazos y luchas sórdidas por el poder, violenta etapa que no terminaría sino hasta bien entrado el siglo. Un historiador libre de dogmas deberá hacer el balance real del México post revolucionario, y compararlo desapasionadamente con aquel del porfirismo en que vivió el autor de “Santa”. Quizás al ver el estado actual de cosas en nuestro país, y el descrédito que en el extranjero sufre, sentirá, como López Velarde, “una íntima tristeza reaccionaria”, y le dará la razón a la anciana sirvienta de la familia Madero, que tras la renuncia y destierro de Díaz le dijo a don Francisco: “¡Ay, Panchito! ¡No supites lo que hicites!”... FIN.




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