Mirador



| 20/04/2018

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Cuando mi padre murió tenía 73 años de edad.

Ya he vivido yo más que él. Si nos encontráramos quizá no me reconocería.

Mi padre fue un buen hombre. Mejor: fue un hombre bueno. Su vivir transcurrió sin estridencias. Tuvo penas del alma y dolores del cuerpo, y ambos los sufrió serenamente, sin quejarse nunca. En tiempos de dificultad decía siempre: “Mañana será otro día”. Una vez choqué en mi automóvil nuevo. Me consoló: “Hijo: todo pare en hojalata”.

Mi padre gustaba de los crucigramas y del ajedrez. Amaba el campo. Creía en Dios. Conservó siempre los modos aprendidos en su casa y en el colegio de jesuitas. Una sola palabra disonante le escuché en la vida. Fue la noche que le presenté a mi novia. Ansioso por conocer su opinión le pregunté después qué le había parecido. Me contestó: “Serás pendejo si dejas ir a esa muchacha”. Un apercibimiento así no es para desoírse. Todavía no la dejo ir.

Ayer se cumplió un aniversario más de que don Mariano Fuentes se fue del mundo, calladamente, como vivió. Mis hermanos y yo unimos nuestras manos para recordarlo. En la memoria mi padre vuelve a ser mi padre. Ahora estoy triste y él me dice: “Mañana será otro día”.

¡Hasta mañana!...





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