Mirador



| 17/05/2018

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He visto antiquísimas fotografías de las cabañas construidas por los pioneros que a lo largo del siglo diecinueve poblaron las llanuras del Medio Oeste norteamericano.

En casi todas las rústicas moradas se observa una pequeña jaula con un ave canora, generalmente un canario. Artículo de primera necesidad era ése. En aquellas planicies sin final donde por muchas horas las mujeres no oían otro sonido más que el silbar del viento, los trinos de las avecillas eran al mismo tiempo música y compañía para ellas.

Mi señora -señora en el sentido de mujer, esposa y dueña- adoptó una vez dos canarios cuya dueña los abandonó al mudar de casa. Ella bautizó a uno: Ringo; yo al otro: Caruso. Poco después descubrimos -por obra del amor- que Caruso era más bien Emmy Destynn. Sus arias y canciones nos despertaban con la luz del alba, y cuando nos acercábamos a ellos nos entregaban lo mejor de sus respectivos repertorios.

El silencio es oro, dicen. No lo es tanto cuando dura mucho. Los trinos de un pájaro canoro aliviaban la soledad de los pioneros. Yo todavía escucho la música que nos regalaron nuestros dos canarios. Mis respetos para Mozart, claro, pero aquellos canarios. ¡Ah, aquellos canarios!

¡Hasta mañana!...





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