Mirador



| 10/08/2018

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Don Filidoro, ajedrecista, sostuvo una partida por correspondencia con un aficionado a quien nunca conoció.

En aquellos años -principios del pasado siglo- el correo era lento; las cartas tardaban meses en llegar. La partida llevaba ya seis años sin ventaja para ninguno de los contendientes.

Don Filidoro no vivía para otra cosa sino para ese juego. Horas y horas se pasaba frente al tablero estudiando su siguiente movimiento y tratando de adivinar el que haría en respuesta su rival.

Pasaron diez años más. Un día don Filidoro puso en jaque a su adversario. Le quedaban a éste, a más del rey, dos peones, un caballo y un alfil. Si movía el caballo indefectiblemente le daría mate en tres jugadas.

Por fin llegó la esperada carta. Pero no contenía el movimiento que haría el jugador. Llevaba la noticia de su muerte.

Aunque don Filidoro vive aún no vive ya. Todo el tiempo lo pasa con la mirada fija en el tablero, que quedó con los trebejos en el sitio en que estaban cuando la partida se interrumpió. Espera don Filidoro. Espera. Espera una carta. Espera.

¡Hasta mañana!...





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