Sucedió en Coyoacán



| 15/08/2018

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Fueron muchos los medios que difundieron los violentos hechos ocurridos la semana pasada en los que la ex jueza del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, Claudia Lilian Clavelina, fue asesinada por Axel García, quien, después de herir también a su esposo, y ante su inminente captura, se suicidó.

La razón de este incidente: el señor García bloqueó la salida del vehículo de la mujer, mientras entregaba un envío de la paquetería. Se hicieron de palabras, que culminaron en una tragedia.

Probablemente, para quienes tenemos una cochera, nos incomoda el hecho de que alguien bloquee la salida de nuestro vehículo a pesar de las advertencias de no estacionarse, o bien, quizás los mayores enfrentamientos que hay entre vecinos es cuando uno de éstos, ocupa alguno de los cajones de estacionamiento de sus vecinos, resultando victorioso, más que la persona que tenga la razón, es la persona que sea la más amenazadora quien prevalece.

Quizás muchos de nosotros conozcamos personas así… o tal vez, nosotros seamos esas personas, sin saberlo. Hemos aprendido tanto a justificar nuestros impulsos, que acabamos creyendo a nuestras mentiras.

La semana pasada, en su audiencia semanal, partiendo del paso de Israel por el desierto, al salir de Egipto, nos hace esta interesante reflexión:

“¿Qué es el desierto? Es un lugar donde reinan la precariedad y la inseguridad —en el desierto no hay nada— donde falta el agua, falta el alimento y falta el amparo. El desierto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no posee garantías inviolables.

Esta inseguridad genera en el hombre inquietudes primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: ‘¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Con qué vamos a vestirnos?’ (Mateo 6, 31). Son las inquietudes primarias. Y el desierto provoca estas inquietudes. Y en aquel desierto sucede algo que provoca la idolatría. ‘Moisés tardaba en bajar del monte’ (Éxodo 32, 1). Permaneció allí 40 días y la gente se impacientó. Falta el punto de referencia que era Moisés: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y eso resulta insostenible. Entonces el pueblo pide un dios visible —esto es la trampa en la que cae el pueblo— para poderse identificar y orientar. Y dicen a Aarón: ‘haz para nosotros un dios que camine a nuestra cabeza’, ‘haznos un jefe, haznos un líder’.

La naturaleza humana, para escapar de la precariedad -la precariedad del desierto- busca una religión hecha por uno mismo: si Dios no se hacer ver, nos hacemos un dios a medida. Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos ‘tienen boca y no hablan’ (Salmos 115, 5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos.

Aarón no sabe oponerse a la petición de la gente y crea un becerro de oro.

El becerro tenía un sentido doble en el cercano oriente antiguo: por una parte representaba fecundidad y abundancia, y por la otra energía y fuerza. Pero, ante todo, es de oro, por tanto, símbolo de riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Son las tentaciones de siempre! He aquí lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de la libertad y sin embargo esclavizan, porque el ídolo siempre esclaviza. Existe la fascinación y tú vas. Aquella fascinación de la serpiente, que mira al pájaro y el pájaro se queda sin poder moverse y la serpiente lo toma. Aarón no supo oponerse.

Pero todo nace de la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner en Él nuestras seguridades, de dejar que sea Él el que dé verdadera profundidad a los deseos de nuestro corazón. Esto permite sostener también la debilidad, la incertidumbre y la precariedad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin el primado de Dios se cae fácilmente en la idolatría y nos contentamos con míseras certezas. Pero esta es una tentación que nosotros leemos siempre en la Biblia. Y pensad bien esto: liberar al pueblo de Egipto no le costó tanto trabajo a Dios; lo hizo con señales de poder, de amor.

Pero el gran trabajo de Dios fue quitar a Egipto del corazón del pueblo, es decir, quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y todavía Dios continúa trabajando para quitarla de nuestros corazones. Este es el gran trabajo de Dios: quitar ‘aquel Egipto’ que nosotros llevamos dentro, que es la fascinación de la idolatría”.

Hasta aquí las palabras del Papa, donde las idolatrías son más que un ídolo. Son ideologías y actitudes que nos deshumanizan, actitudes que todos hemos sentido y muchas veces, temerariamente hemos seguido. En romper la cadena, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com





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