Un día sí y el otro tampoco



| 21/09/2018

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Ni siquiera se quitaron la ropa. El famoso pintor y su sensual modelo fueron acometidos de repente por ardorosos arrebatos lúbricos, y así vestidos se entregaron con vehemencia a los deliquios de la pasión carnal. De pronto el artista escuchó pasos. “¡Mi esposa! -le dijo asustado a la modelo-. ¡Rápido, desvístete!”... Decían nuestros abuelos: “Septiembre o seca las fuentes o tumba los puentes”. Impredecible mes, en efecto, es el que corre, igual que corren todos los meses, todos los años, todas las vidas. No le hagamos injusticia, sin embargo: cualquier mes que citemos será igualmente caprichoso. Por eso don Constantino de Tárnava, meteorólogo regiomontano que a más de ser hombre bonísimo era gran ingeniero y técnico eminente -él creó la primera estación de radio que hubo en México-, decía sus pronósticos del tiempo en la siguiente forma: “Por la mañana, cielo despejado; en la tarde nublados ligeros, y por la noche lluvias aisladas. Todo eso si Dios quiere”. Mejor control sobre el clima tenía don Mariano Galván, fundador del antiguo calendario de su nombre. Lo redactaba con ayuda de sus hijas, a quienes dictaba sus predicciones para cada día del año. En una ocasión vaticinó: “24 de septiembre. Fuertes aguaceros”. “No, papacito -opuso prontamente una de las muchachas-. Ese día es el santo de la prima Mercedes. Si llueve no podremos ir a felicitarla”. “Tienes razón -concedió don Mariano-. Pon entonces: ‘24 de septiembre. Soleado’”. Cosas como ésa dieron origen a una expresión de pueblo que don Darío Rubio recogió en su copioso libro “Refranes, proverbios y dichos mexicanos”. Decía el tal dicho aludiendo a tal o cual fulano: “Es más mentiroso que el calendario de Galván”. Por encima de dichos la obra sigue gozando de absoluto crédito entre la gente grande, sobre todo del campo, que año con año la compra para saber cómo se portará la Luna y si querrá San Isidro Labrador poner el agua y quitar el sol. Digo todo esto porque los actuales días son volubles. La misma voz que ahora nos tranquiliza diciéndonos que estamos en una crisis manejable, mañana nos espanta declarando que el país se encuentra en bancarrota. Ciertamente vivimos en la incertidumbre. (Tampoco esta afirmación tiene certeza). Hemos de acostumbrarnos, pues, a las perplejidades. Por mi parte yo espero que el día de hoy sea bonancible, pues será para mí, Deo volente -o sea si Dios quiere-, un venturoso día... Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. En cierta ocasión se topó con un amigo. Le dijo: “Vengo de un viaje de placer”. “¿Ah sí? -se interesó el otro-. ¿A dónde fuiste?”. Contestó Capronio: “Al aeropuerto, a dejar a mi suegra”... Lord Highrump, el audaz explorador británico, andaba en compañía de su esposa por el Himalaya. De pronto se les apareció el Abominable Hombre de las Nieves. En mi ciudad había un vendedor de nieve de sabores que tenía una barriga prominente. Se anunciaba como “El abdominable hombre de las nieves”. Pero veo que me estoy apartando de la historia. Vuelvo a ella. El peludo monstruo tomó en sus membrudos brazos a la esposa del explorador y se perdió con ella en las estribaciones de un glaciar. Lord Highrump anotó en su libreta la hora precisa en que su mujer le había sido arrebatada, a fin de consignar el dato en el informe que debía presentar en Londres a la Real Sociedad de Geografía. Luego prosiguió sus observaciones sobre el clima y orografía de la zona. Al día siguiente apareció la señora. Aunque venía desgreñada y con las ropas en desorden lucía una gran sonrisa. “¡Highrump! -le dijo con jubiloso acento a su marido-. ¡Haz constar en tus registros que el Abominable Hombre de las Nieves no es tan abominable como dicen!”... FIN.





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