¿A martillazos?



| 12/11/2018

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Lidiar con los bancos en México es como ir al dentista a que te saquen una muela. Es como someterte a una colonoscopía obligatoria. Es como acudir al podólogo para remover una uña enterrada. Incómodo, doloroso, latoso e inevitable. No hay más remedio que padecer la disfuncionalidad de los servicios financieros del país. Quién no ha enfrentado la desesperación ante las colas interminables, el servicio lento, el papeleo innecesario, el trámite engorroso. Quién no ha experimentado el terror de ser enviado a la fila de Servicios al cliente detrás de otras treinta personas, escudriñando las manecillas del reloj, mirando correr el tiempo. Quién no ha pagado las comisiones exorbitantes que cobran por cada transacción. La banca exprime, la banca abusa, la banca expolia.

La Comisión Federal de Competencia lo advirtió desde el 2014 en un estudio sobre el sector financiero. Criticó los cargos desmedidos, la estructura oligopólica, las serias dificultades que enfrentan las pequeñas y medianas empresas en busca de crédito, las pólizas caras, las conductas anticompetitivas, la falta de información que impide a los clientes elegir mejores productos financieros, los sobreprecios en los seguros automotrices e hipotecarios, la opacidad en el manejo de fideicomisos protegidos por el secreto bancario. Padecemos un sistema financiero que no está innovando, está aprovechándose. Por eso las filiales de bancos extranjeros en México tienen mayores tasas de ganancia que en otras partes del mundo donde operan. El problema trasciende el cobro de comisiones; es endémico y sistémico.

Pero lo que muchos miembros de la Cuarta Transformación no han entendido aún es que se trata de corregir, no de destruir. Se trata de componer, no de descomponer. Se trata de apagar múltiples fuegos que deja el peñanietismo, no de incendiar la pradera. Se trata de crear un sector financiero moderno, competitivo, que brinde mejores servicios a consumidores expoliados, no de linchar legislativamente a los denominados enemigos del pueblo. Detrás de la iniciativa presentada por la senadora morenista Bertha Caraveo, había mucho revanchismo y poca técnica legislativa; mucha retórica bombástica y poco conocimiento del sector; muchas ganas de ajusticiar y pocos deseos de corregir adecuadamente.

Vale la pena recordar sus palabras al tomar la tribuna: (...) la iniciativa es fundamental para hacer más justa la relación entre el pueblo y la banca. No hay democracia política sin justicia social. No necesitamos una mano invisible que empuje al vacío a los humildes. Necesitamos un Estado que abrace y acompañe a su gente. Hoy damos un paso más en la promesa de separar el poder económico del poder político. No les vamos a fallar". Ojalá alguien le hubiera explicado a la senadora Caraveo que el problema no es la mano invisible del mercado que ha creado a la banca rapaz; es la colusión, es la falta de competencia, es la falta de regulación robusta. La expoliación a los consumidores ha sido culpa del Estado ausente no del mercado omnipotente. Y sí, al Estado le corresponde intervenir, pero de buena manera para limitar la extracción por parte de los bancos, no para destrozarlos. El poder político debe regular al poder económico, no lanzarse a golpes contra sus miembros. El poder político debe colocar límites al poder económico, no jugar vencidas en las que todos terminamos noqueados.

Bien lo advertía Adam Przeworski, para poder gobernar, las izquierdas necesitan aprender a coexistir con el capitalismo y atemperarlo; necesitan domesticar a las minorías extractivas y no guillotinarlas, necesitan promover la regulación sin ahuyentar la inversión. Pero eso no se logrará si la Cuarta Transformación se siente martillo y todo lo ve como un clavo. Si concibe a la economía como un juego suma cero donde, para que AMLO gane, los banqueros y los empresarios y los inversionistas deben perderlo todo.

Las comisiones bancarias son abusivas y el Estado puede y debe interceder para reducirlas. Pero la forma de hacerlo y anunciarlo importa. La protección al consumidor no se logrará vía una legislación fulminante sino a través de una regulación eficaz. Con multas millonarias, no amenazas desinformadas. Con procesos bien pensados y no escaramuzas costosas que luego obligan a dar marcha atrás. Habrá que remodelar al país pero sabiendo cómo usar un martillo y sin llenar de hoyos la pared.





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