Mirador



| 14/11/2018

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Tengo en la sala de mi casa -que es la tuya- una chimenea.

Ayer que la temperatura en mi ciudad bajó de cero la encendí y me senté luego en mi sillón Voltaire a leer las Confesiones de San Agustín mientras bebía a pequeños sorbos una taza de té de yerbanís. Las llamas de la chimenea, el té y el fuego que el santo puso en sus escritos dieron su calor a mi cuerpo y a mi alma.

Cuando el reloj de péndulo sonó la medianoche me fui a la cama. La tibia sábana, el edredón de plumas y la gruesa cobija “de lana y lana” tejida en los telares de Saltillo me quitaron al punto el frío del alma y el del cuerpo.

Ni siquiera acabé de recitar las oraciones que mi abuela Liberata me enseñó de niño y que por atavismo extraño -o por extraña devoción- rezo todavía a mis años: “Ángel de mi guarda, dulce compañía”. “Bajo tu amparo nos acogemos, oh santa madre de Dios”. Aquella piadosa lectura y estos piadosos rezos me cerraron los ojos, y me quedé dormido.

En mi sueño, no sé por qué, vi a muchos que no tienen chimenea, ni tibia sábana, ni edredón de plumas, ni cobija de lana y lana, ni han leído las Confesiones de San Agustín ni tienen té de yerbanís.

Ese sueño debería haberme despertado, pero no me despertó. Estaba demasiado dormido. Siempre estoy demasiado dormido.

¡Hasta mañana!...




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