Misa de Réquiem



| 06/12/2018

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Se llamaba María de la Concepción. Conchita. Su madre murió al darla a luz, y ella creció bajo el cuidado de sus cinco hermanos, el mayor de ellos mi padre. Era bella, muy bella, delicada como una figulina de Tanagra. Cuando rezaba ante la imagen de la Virgen parecía otra virgen. Sus únicas salidas eran a la misa de alba en el vecino templo de San Juan y para ir a la junta semanal de su congregación mariana. Con tanto celo la celaron sus hermanos que se quedó soltera: ninguno de los pretendientes que la cortejaron gustó a sus cuidadores. Se dedicó -¿qué más podía hacer?- a las labores de la casa y a sus devociones. Tenía ya 40 años cuando llegó a su vida un hombre bueno. Viudo, de acomodada condición, era dueño de una joyería en Monterrey, “La perla”, por la calle del Padre Mier. Se casaron y compartieron juntos las penas y venturas de la vida hasta que él se fue del mundo. Entonces la tía Conchita regresó a Saltillo, a las labores de la casa y a sus devociones. La atormentaban, sin embargo, dos angustias. “Armandito -me decía llorosa-, en el Cielo mi mamá no me va a reconocer. Estaba yo recién nacida cuando ella me miró, y ahora soy una anciana. ¿Cómo va a saber que soy su hija?”. La otra duda la afligía aún más: “Armandito: allá en el Cielo ¿con quién se va a ir el Prieto? ¿Con Josefina o conmigo?”. El Prieto era su marido, y Josefina la primera esposa. Yo me acongojaba junto con mi tía Conchita, pues no podía disipar sus dudas. Cierto día, leyendo a San Agustín, encontré una frase en la cual el filósofo santo explica con tres palabras cómo serán las almas en el Cielo. “Erunt sicut musica”. Serán como la música. La música es incorpórea. No podemos verla ni tocarla. Pero al oírla la reconocemos. Así también conoceremos en aquel mundo espiritual las almas de quienes nos amaron. En este mundo de materia la música nos acompaña siempre. “Cuando nacemos nos regalas notas”, dijo a la Suave Patria el poeta de Jerez. Yo gusto de la música desde que era niño; por eso ahora que soy ya niño grande me dedico a compartirla con mi prójimo a través de mi emisora cultural, Radio Concierto, que difunde, según dice su lema, “lo más popular de la música clásica y lo más clásico de la música popular”. Cuando fui director del Ateneo Fuente, el glorioso colegio de Saltillo, hice poner numerosas cabinas con equipos de audio a fin de que los alumnos pudieran escuchar las grabaciones que ellos mismos escogían de la nutrida discoteca que para ellos integré. A los mejores estudiantes los llevaba a las temporadas de ópera en Monterrey. Y otra cosa hice. Por aquellos años fue a mi ciudad Mario Lavista a dar un curso de apreciación musical. Envié una decena de maestros del Ateneo a que tomaran ese curso, y yo mismo asistí a él. No he olvidado las maravillosas enseñanzas del entonces joven compositor. Recuerdo aún su devoción por Mozart y la ingeniosa forma en que nos explicaba la estructura de las melodías tradicionales, a las que comparaba con el recorrido por las bases de un campo de beisbol. Ahora me entero por Reforma de que Mario Lavista ha compuesto una Misa de Réquiem en homenaje a los muertos del 68. Usó para su obra el texto litúrgico en latín -esa lengua muerta la más viva de todas- y fragmentos de canto gregoriano, que es música de Dios. Espero con interés la grabación de la obra para escucharla con igual devoción con que los muchachos ateneístas oían la música que por primera vez oían. En ese Réquiem estarán presentes, como en el Cielo de mi tía Conchita, las almas de aquellas muchachas y muchachos idealistas que perdieron la vida en su ansia de buscar una vida mejor para su Patria… FIN.




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