Que dice mi mamá que le bajes a tu escándalo




09/12/2018
Les voy a contar un secreto. Me gusta meterme a las iglesias, sentarme un rato, pensar, meditar. No vayan a creer que me estoy volviendo religioso, no, no, eso ni Dios lo mande. Lo hago desde la adolescencia, sin importar qué denominación sea; metodista, bautista, pentecostés, presbiteriana, una cristiana-asiática, y católicas que abundan. Las católicas son mis favoritas por el silencio seguro, y porque no te molestan, te dejan ser, no te hacen preguntas, a nadie le importa un cacahuate estés ahí sentando 1 hora. En las del centro siempre hay uno que otro vagabundo aprovechando para pestañear, así que nadie nota tu presencia. En casa ya no me gusta pensar, hay mucho ruido, no auditivo, hablo de las cosas, el ruido de las cosas inmóviles y mudas. Se agolpan en mi mente los recuerdos, de cosas del pasado, de cosas que aún no vivo, no puedo. En esta casa vieja todo hace ruido, desde el crujir de los pisos de madera, hasta el chiflón que entra por las chimeneas, las flores del jardín y su alegría insoportable, los seres que sé viven en el ático. El ruido de los libros sin leerse que gritan chillante los abras, el ruido de las libretas vacías, de los cajones llenos de tiliches, el ruido de la ropa que ya no me quede, el espeluznante y tétrico ruido del refrigerador cuando hace hielo, el ruido de la nostalgia amontonada en mi sillón favorito, el ruido del polvo, el ruido de las ventanas cerradas pidiendo ser abiertas, el ruido del asador pidiendo una fajita, la agonía escandalosa del piano abandonado llamando a los largos dedos del pianista. Por eso me gustan las iglesias, me sirven para escapar, huir del ruido. No rezo nada, no digo nada, sólo pierdo la mirada entre el aroma peculiar de los templos y me dejo llevar por ese tsunami de silencio, como si fuera una pequeña tregua en esta gran guerra con la vida. Una vez me llevé el lonche y mi coca-cola light y me planté en primera fila, nadie me dijo nada, no se apareció nadie, nadie supo, nadie notó que estaba yo ahí, ese dejarme ser en mi anonimato descarado y explícito me pareció maravilloso. Un padrecito una vez me preguntó ¿qué escribes? pues mis pecados, padre, le dije. En realidad, estaba escribiendo un poema de amor, de esos bobos que luego tiro a la basura y te das de topes por haber escrito tales tarugadas. Una vez me dijeron que tal vez iba a las iglesias porque me hace falta Dios. Sonrío porque tengo a los mejores dioses del universo, tengo a mis libros y los átomos que me forman, tengo la tristeza más perfecta y el pesimismo más adecuado para poder sobrevivir. Lo que me falta querido lector, es el silencio, la vida es un perro rabioso ladrando en nuestras caras, aturde a veces, aturde. Desde hace rato una apatía tremenda recorre mis venas como una gangrena insaciable, no sé si serán están fechas llenas de melancolía, o simplemente es un status nuevo de mi ser, pero por el momento, sólo quiero la suave música del silencio, el silencio absoluto, ese mutismo nítido, ese cerrar de ojos y flotar en el gran espectáculo de la nada. Ni modo querido lector, dicen que no nos queda de otra, y chin chin el que haga ruido. jorgesantana1@gmail.com