La nueva realidad de país




09/12/2018


La costumbre muchas veces nos lleva a justificar, y en el mejor de los casos a normalizar las acciones que al ser practicadas de manera cotidiana por la mayoría de las personas con las que convivimos, damos por sentado su correcta conducción; sin embargo, la mala costumbre de no cuestionarnos, en muchos de los casos, si lo que se hace es moralmente correcto e inclusive, legalmente permitido, nos lleva como sociedad a caer en la cultura del error, la mentira y la equivocación.

Durante décadas hemos visto como normal, aunque sepamos que es incorrecto, que vivir de la política u obtener un puesto en el gobierno, es para hacer negocios, para ayudar a los amigos, o para acaparar poder. Por más que se cuestionaban y criticaban unos a otros, prometiendo al gobernado cambiar, los políticos siempre caían en lo mismo, más se tardaban en encumbrarse en la cima del poder que en marearse y ser atrapados por la corrupción que todo corroe.

De igual manera, los empresarios que veían como el sistema estaba hecho para delinquir, lo que de otra manera era imposible mantenerse, mucho menos crecer y competir, entraban al juego perverso de prostituirse al gobierno aventurándose con proveedurías que sin importar el daño que se hacían a sí mismos y el que le hacían a la población, terminaban haciendo negocios turbios por los que cobraban al doble lo que entregaban a medias, deslumbrados siempre por el dinero fácil.

Muchos otros que en su vida pensaron en ser empresarios, eran aventados por sus amigos o parientes en el gobierno, para venderle desde papel de baño hasta maquinaria pesada en el mejor de los casos, pero no contentos con ello, la sofisticación de la mano con la ambición desmedida los llevó a no batallar con tanto papeleo y especializarse en la creación de empresas, de esas que sólo son de ??papel?, o mejor conocidas como fantasmas, para lavar el dinero robado del pueblo.

En suma, no sólo el servicio público esta carcomido por la cultura de la tranza, sino que, la vida pública en su gran mayoría, y otra tanta de la privada, se sienten amenazados y les aterroriza que se condene la corrupción y que se pretenda terminar con la impunidad ya que no conocen otra forma de hacer dinero. Están nerviosos porque piensan que la honestidad los va a dejar en la calle, cuando es completamente lo contrario. No quieren entender que de seguir igual, a todos nos va mal.

Es aquí donde radica el verdadero cambio. No sólo en que el gobierno haga su parte de administrar y ejecutar el gasto público, además de proveer paz y tranquilidad a los ciudadanos. Es hacer todos nuestra parte, cada quien la que nos toca, pero con una nueva cultura de bien, de conducirnos de manera correcta, de manera legal, como debe de ser.

El país está viviendo una nueva realidad en la que la gran mayoría estamos conscientes de que podemos ser mejores, dejando, por lo menos, un buen ejemplo a nuestros hijos.