Mirador




12/12/2018

Me gustaría llamarme como mi padre se llamó: Mariano. Porque mariano soy, enamorado de María, la rosa en cuyo honor decimos los católicos ese precioso engarce de piropos que es el rosario.

Para la inmensa mayoría de los mexicanos María de Guadalupe es madre nuestra, no india ni española, sino mestiza. O sea, mexicana. Cada año yo le hago mi peregrinación particular. Acudo a su santuario y canto con el pueblo aquellos viejos himnos que aprendí de niño: ??Vamos con el alma llena?. ??... Desde el cielo una hermosa mañana...?. ??... La Guadalupana es nuestra gran señora...?.

Hay quienes muestran extrañeza porque Ramón López Velarde no mencionó a la Virgen de Guadalupe en su gran poema Suave Patria. Y sin embargo sí hizo mención de ella. Escribió: ??... Anacrónicamente, absurdamente, a tu nopal inclínase el rosal...?. Ahí está, en clave, su homenaje a la Morena del Tepeyac. En efecto: anacrónicamente -en el frío de diciembre- se dio el absurdo de que florecieran los rosales y se inclinaran para dejar caer sus rosas en el ayate, mexicano como el nopal, de San Juan Diego.

Guadalupano es México. Nuestra Patria, esta Suave Patria, y la Virgen Morena se funden en un milagro que se renueva cada año y cada día.

¡Hasta mañana!...