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Artículo

AMLO 3.0


Denise Dresser



De la República rencorosa a la República amorosa. Del puño alzado a la mano extendida. De “Mesías tropical” al moderado presidencial. Así parece transitar Andrés Manuel López Obrador estos días. Así intenta reinventarse, posicionarse, venderse. Ya no como el provocador que va a incendiar la pradera sino como el político que promete apagarla. Ya no como el rebelde que manda al diablo a las instituciones sino como el realista que intenta reivindicar su función. Por eso anuncia que busca la revisión de la reforma educativa, mas no su derogación. Por eso le da un espaldarazo a la autoridad ya que quiere convertirse en ella. Y el guiño al PRD demuestra que el purismo de ayer ha sido reemplazado por el pragmatismo de hoy. El predicador le está cediendo el paso al conciliador. El líder social quiere convertirse en político profesional.

Y todo eso sería bueno si fuera señal de aprendizaje político. Si el viraje demostrara que AMLO finalmente reconoce las decisiones equívocas tomadas desde el 2006. El maximalismo lopezobradorista que provocó una diáspora hacia el gradualismo calderonista y después a la restauración priista, por los temores que incitó. Por el conservadurismo que despertó. Por el rechazo por parte de los votantes moderados que produjo. Porque al actuar como lo hizo con la toma de Reforma y la “presidencia legítima” y el populismo conservador y el resentimiento hecho política, la fuerza que encabeza resucitó todos los estereotipos superados, todos los adjetivos archivados. El PRD y después Morena como partidos de los rabiosos y los recalcitrantes. Una “izquierda” igniscible y por ello inelegible.

Pero actualmente, ya en la tercera contienda, ya en el tercer intento las condiciones -y quizás él- han cambiado. Quien fuera un peligro para México trata de erigirse como el único que puede salvarlo, apaciguarlo, reconciliarlo. Ayudado por Enrique Peña Nieto y la corrupción que no quiere combatir. Ayudado por un electorado que odia al priismo, desconfía del calderonismo y parece estar dispuesto a darle una oportunidad al lopezobradorismo. Ayudado por movilizaciones sociales y magisteriales que él mismo incita para después desarmar. Ahora López Obrador busca deslizarse hacia el centro del espectro político para encabezar una candidatura presidencial exitosa desde allí.

Lo cual requeriría comprender que el proyecto de nación que ha ofrecido es demasiado estrecho, demasiado excluyente, demasiado monocromático. Que si desea gobernar no puede ser sólo para los pobres. Que necesita decir qué hará por las clases medias y cómo fomentaría su expansión. Que además de aliviar la pobreza debe explicar cómo va a crear riqueza. Y eso entrañaría la transformación del agravio histórico en propuesta práctica. La reinvención del resentimiento en planteamiento. El combate a la desigualdad junto con medidas para asegurar la prosperidad.

Hasta ahora Andrés Manuel López Obrador no ha querido o no ha podido pensar de esa manera. Ha insistido en hacer historia en lugar de hacer política. Y hacer política para ganar implicaría escuchar y construir y tender puentes y modernizarse y pluralizarse. Implicaría pensar en un gabinete de los mejores y no sólo los incondicionales. Implicaría mirar más allá del círculo cercano que lo rodea y está formado por muchos impresentables. Implicaría ofrecer recetas convincentes y no ocurrencias impulsivas. Tendría que dejar atrás el discurso de la confrontación constante y la retórica de la división incesante. Si no se domestica a sí mismo, el establishment cerrará filas para frenarlo él como lo hizo en 2006 y 2012. Apoyará a Margarita Zavala como alternativa moderada ante un hombre que sigue provocando miedo. Por su obcecación. Por su caudillismo. Por su autoritarismo. Por no atemperar sus posturas y deslizarse hacia el pragmatismo propositivo en lugar de atrincherarse en la resistencia recalcitrante. Por pensar que no necesita convencer, que basta con existir.

Por ello, si AMLO quiere reinventarse tendrá que pensar en algo que vaya más allá de obstaculizar, alebrestar, bloquear, tumbar, denostar. Algo más constructivo que odiar al PRIAN y lanzarse a las calles para denunciarlo. Una agenda que atienda los agravios en vez de atizarlos; que plantee políticas públicas y no sólo posiciones morales. La agenda de un candidato y un equipo que actúan para reconciliar y modernizar al país. No al revés.




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