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Con ella


Denise Dresser

Lo recuerdo vívidamente. Una pequeña cena de mujeres mexicanas con Hillary Clinton cuando era secretaria de Estado. Eramos alrededor de veinte, paradas en fila, esperando ser saludadas. Cuando llegó mi turno recuerdo que me estrechó la mano con firmeza y dijo “Muy buena tu columna editorial de ayer”. Me impactó. Yo había escrito algo para el Los Angeles Times sobre su viaje en el contexto de la relación bilateral, y pensé que tendría el mismo efecto que muchas columnas publicadas a lo largo de los años. O sea, ninguno. Pero frente a mí estaba una mujer que había hecho su tarea, que se había preparado para su visita, que había leído su “briefing book”, que recordaba el nombre de la analista y el argumento esgrimido. Lo demostró a lo largo de la noche, más interesada en hablar de política pública que de sí misma.

Durante esas tres horas comprobé de primera mano lo que tanto se ha escrito de Hillary Clinton. Las oraciones perfectamente pronunciadas que se convierten en párrafos fluidos, como describió Connie Bruck en The New Yorker. La elocuencia. La convicción. El conocimiento de los temas. La mente sagaz, rápida, filosa. La mujer enganchada de manera sustantiva y genuinamente interesada en los temas de su tiempo. La que demostró, en corto, ese lado dulce y casi tierno al hablar de su hija Chelsea. Y al mismo tiempo la política pragmática cuya ambición resulta hierro forjado; la que ha alienado y continúa alienando a tantos. Como publica The Economist esta semana, para una gran porción de los estadounidenses, Hillary Clinton resulta muy objetable.

Por todos los motivos conocidos. Los escándalos de “Travelgate” y Whitewater y Madison Savings & Loan y el “commodities trading” en la Bolsa. La torpeza con la cual manejó la reforma de salud fallida durante la primera Presidencia de su esposo. Los conflictos de interés en los cuales ha caído a lo largo de su carrera. Su voto en favor de la guerra en Iraq. La fluidez moral con la cual ha cambiado de posición como si cambiara de calcetines. El descuido con sus correos electrónicos. El pacto con el diablo que parece su matrimonio. Alguien que no inspira confianza. Alguien que ha preferido el incrementalismo centrista al progresismo audaz. Demasiado moderada, demasiado defensiva, demasiado opaca, demasiado inescrutable. Demasiado mujer.

Porque si algo ha demostrado la campaña de Hillary Clinton es cuán difícil -y cuán histórico- es ser candidata presidencial. Allí siguen los comentarios a su pelo, a su manera de vestir. La caricatura que la prensa o sus adversarios políticos han pintado durante tanto tiempo. La misoginia acendrada, la descalificación socarrona, la trivialización de sus logros y la magnificación de sus defectos. Y los tiene, como todo político, como todo ser humano, como cualquiera que ha tomado decisiones y ha asumido posiciones en la vida pública durante más de treinta años.

Pero a ella los defectos y los errores la persiguen más por ser mujer. Mujer ambiciosa, mujer preparada, mujer competitiva, mujer que se presenta -en palabras del columnista David Brooks- como “un currículum vitae y un documento de política pública”. Insuficientemente humana, dicen. “Poco auténtica”, reiteran. “No cae bien”, argumentan muchos jóvenes, muchos hombres blancos, muchos que apoyaron a Bernie Sanders.

A quienes habría que repetirles aquello que dijo la comediante Sarah Silverman durante la Convención Demócrata: “Están siendo ridículos”. Quizás Hillary Clinton no sea tan izquierdista como unos quisieran, o tan carismática como otros desearían. Pero ese no es el punto, ni el meollo del asunto. No es ella; es ella o él. En una elección donde el otro candidato es un demagogo peligroso, un racista reconocido, un mentiroso empedernido y un riesgo no solo para su país sino para el mundo, el voto por Hillary Clinton no debería siquiera estar a debate.

Estados Unidos tiene frente a sí a una candidata capaz y a un lunático. Así de claro, así de sencillo. Los estadounidenses enfrentan la opción de elegir a alguien que ha pensado con seriedad en resolver los problemas que carga su país, o a alguien que no tiene la vocación o la inteligencia o el temperamento para hacerlo. Habrá que escoger entre una mujer que ejemplifica una reevaluación de cómo definimos el liderazgo, y un hombre que es su antítesis. Yo, al menos y sin titubeos, estoy con ella. I am with her.




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