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A desnormalizar (OPINIÓN)


Denise Dresser

Es tan común. Es tan constante. Es tan normal. El empresario que consigue facturas falsas para evadir impuestos. El vecino que se cuelga de la luz para no pagar el recibo, el comerciante que compra mercancía de contrabando porque es más barata, el contador que encuentra maneras de evadir al fisco, el que paga la mordida al policía para que no lo multe, el que da para el refresco a quien recoge la basura. Actos cotidianos de corrupción en los que participan millones de mexicanos. Actos compartidos que le permiten a Enrique Peña Nieto argumentar que nadie puede tirar la primera piedra cuando de este tema se trata. Todos copartícipes, todos cómplices.

Y es cierto que la corrupción en México tiene una base social, un piso que la sustenta. Se ha vuelto -como argumenta Sara Sefchovich- un práctica socialmente aceptada, compartida, establecida. Tan es así que ahora hay un libro satírico llamado Corrupcionario mexicano; un compendio de 300 palabras asociadas a este fenómeno internalizado en la sociedad. Palabras como ‘chayote’, ‘chapulín’, ‘dedazo’, ‘fondo de moches’, ‘haiga sido como haiga sido’, ‘hueso’, ‘mapachear’. Frases como ‘aceitar la mano’, ‘ayúdame a ayudarte’, ‘¿cómo nos podemos arreglar?’, ‘con dinero baila el perro’, ‘no importa que robe, pero que salpique’. Y mi preferida: ‘La corrupción somos todos’, definida como ‘el mejor pretexto para seguir haciéndonos pendejos y conformarnos con el status quo, aunque la frase provoque los aplausos de nuestra clase política. Al fin y al cabo, es un problema cultural. ¿O no?”.

Decir que en México la corrupción es culpa de todos le otorga la misma equivalencia moral al conflicto de interés de la Casa Blanca que a la familia colgada del diablito de luz. Como todos son malos, lo malo no puede identificarse, ni combatirse, mas que apelando a la decencia social y al regreso de una sociedad “con valores”.

Pero como decía James Madison, “si los hombres fueran ángeles, no sería necesario el gobierno”. La raíz de la corrupción en México -tanto del gobierno como de la población- no es cultural sino institucional. No es de hábitos sino de incentivos. No se trata de lo que la sociedad permite, sino de lo que la autoridad no sanciona. Los de abajo son corruptos y toleran la corrupción porque los de arriba han creado leyes para permitirla. Para hacerla una condición sine qua non; una condición necesaria que hace posible la supervivencia de un sistema político y económico basado en la cuatitud. Un Estado depredador crea una sociedad depredadora. Un Estado que viola las leyes produce ciudadanos que las desobedecen, no al revés.

Porque ¿qué pasaría si el contratista que se vale del tráfico de influencias para conseguir contratos acabara en la cárcel, junto con su cómplice en el gobierno? ¿Si la Casa Blanca hubiera llevado a la inhabilitación de Juan Armando Hinojosa para participar en futuras licitaciones? ¿Si Tomás Zerón hubiera sido despedido en vez de sólo ser reciclado a otro puesto? ¿Si se hubieran dado juicios políticos y destituciones en los casos de Borge, Duarte, y tantos más? ¿Si el que roba la luz fuera arrestado? ¿Si el que compra mercancía de contrabando fuera multado? ¿Si el corrupto en el gobierno o en la sociedad -y con base en la ley- lo perdiera todo?

El combate a la corrupción no sólo transita por el exhorto moral a los ciudadanos a ser ángeles. Necesariamente tiene que pasar por una renovación institucional que implique investigaciones y castigos, tanto a los charales como a los peces gordos.

El Sistema Nacional Anticorrupción es un primer paso para desnormalizar lo que tantos hacen y pocos pagan. Requerirá un fiscal autónomo, un Comité de Participación Ciudadana independiente, un presupuesto suficiente, tribunales especializados, y una presión pública que no cese hasta que todos estos nombramientos y procedimientos ocurran. De lo contrario, Peña Nieto habrá triunfado, haciéndonos creer que todos somos tan corruptos como quienes nos gobiernan. Tan corruptos como él.




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