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De política y cosas peores

Motivos para amar


Catón

Empédocles Etílez, ebrio con su itinerario, le dijo por el celular con tartajosa voz a su mujer: “-No me esperes, viejita. Estoy en una fiesta de 15 años, y todavía no se completa ni el primero”...Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, afirmaba que había encontrado ya la diferencia entre su esposa y un jugador de ajedrez. Decía: “-De vez en cuando el jugador de ajedrez hace un movimiento”... Ms. Mo Bydick, robusta dama, fue a que la examinara un especialista en nutrición. Le preguntó con inquietud: “-¿Cómo me ve, doctor?”. “-Es fácil verla” -respondió el facultativo. Inquirió Ms. Bo: “-¿Estoy excedida de peso?”. Sin responder a la cuestión le pidió el médico: “-A ver, abra la boca y diga ‘Mu’”... Sor Dina, la anciana madre superiora, iba con sor Bette, joven novicia, por un oscuro callejón. Les salió al paso un individuo y sació en sor Bette sus rijosos instintos de carnal libídine, su lujuriosa sensualidad, lúbrica pasión concupiscente, erótico apetito venéreo, lasciva incontinencia impúdica y obscena salacidad intemperante. Al hacer eso el ruin sujeto incurrió en raptus (‘violentia facta personae, libidinis explendae causa’) y sacrilegium carnale (‘violatio personae, rei locive sacri per actum venereum’). Ya en el convento sor Dina les contó a las demás monjitas lo que a sor Bette le había sucedido. “-Llamen a un médico” -les pidió con angustia. Sugirió una de las hermanas: “-Que sea cirujano plástico. Primero hay que quitarle esa sonrisa”... El año de 1767 los padres jesuitas fueron expulsados de México. Muchos de ellos pasaron en Roma su destierro, y ahí se entregaron a la tarea de escribir libros; unos de terrenal sabiduría, los otros de teología o devoción. Todos esos libros, sin excepción ninguna, están dedicados a México o a alguien que en México quedó. Lejos de su patria los expulsos sacerdotes la añoraban; le hacían llegar su amor desde la ausencia. José María Velasco -el paisaje de México se hizo más bello cuando él lo pintó- firmaba sus cuadros, y añadía a la firma una palabra: “Mexicano”. Dice don Justino Fernández: “Quería que sus buenos éxitos se le apuntasen más bien a su país que a él mismo”. Mejores mexicanos seríamos si más amáramos a México. Seríamos mejores mexicanos si nos sintiéramos más orgullosos de nuestro país. Muchos motivos nos da México para el orgullo. Más motivos aún nos da para el amor... El explorador y la exploradora se hallaban en su casa de la selva entregados a gratos deliquios de amor cuando se percataron con sorpresa de que a través de las ventanas eran observados por una docena de nativos. “-¡Largo de aquí! -grita enojado el explorador-. ¡Retírense inmediatamente!”. “-Pero, bwana -razonó el jefe de los negros-. La única posición que conocemos es la del misionero, y estamos aprendiendo mucho”... Pigricio Galbano, hombre perezoso, se la pasaba durmiendo todo el tiempo. Parecía diputado. Un día su esposa le dijo con disgusto: “-¿Por qué no te pones a trabajar? Trabajo sobra”. “-¡Ah, no! -se ofendió el zángano poltrón-. ¡Yo no acepto sobras de nadie!”... La reina Fridonia se casó con el príncipe Pitorro. La noche de las bodas él le hizo una demostración de amor digna de una página de Casanova. Tras de gozar aquellos epitalámicos deliquios la soberana quedó extática, arrobada, suspendida, transportada. Salió de su arrebato y le preguntó con feble voz a su flamante esposo: “-Dime, Pito: ¿el pueblo también disfruta de esto?”. “-Sí, mi amor -respondió el príncipe sonriendo-. Y aun creo que lo hace con más frecuencia e intensidad que nosotros los nobles”. “-¡Carajo! -prorrumpió la reina con interjección muy poco real-. ¡Y luego se queja el populacho de que todo lo bueno lo tenemos nada más los aristócratas!”... FIN.




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