03/01/2017

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Japón, el antídoto


Jorge Ramos

TOKIO.- Después de tantos gritos e insultos en la campaña por la Presidencia de Estados Unidos, necesitaba un antídoto. Así que decidí pasarme 10 días en uno de los países más corteses y con mejores modales del mundo: Japón.

Tokio, su capital, es una urbe de 13 millones de habitantes (o 30 si sumamos las zonas aledañas) pero hay momentos en que, si cierras los ojos, te la puedes imaginar casi vacía. El silencio es una forma de respeto de los japoneses. Los vagones de su cronométrico metro, generalmente repletos, no van cargados de música ni de conversaciones en voz alta. Pasé mis vacaciones sin oír un claxon en las calles de Tokio. La explicación de una guía japonesa fue totalmente zen: Siempre pensamos en lo que el otro está sintiendo. No puedo imaginarme a los conductores de la Ciudad de México con la misma actitud. Quizás es algo que comen aquí. Empecemos por las porciones. Mínimas, en comparación a nuestras costumbres occidentales. La obesidad que nos obsesiona en México y Estados Unidos es prácticamente inexistente aquí. Rodeados de mar, su dieta está basada en pescado y, si me permiten la observación, en un ritmo mucho más natural y lento para comer. Dicen los expertos que hay que darle tiempo al cerebro para que sepa que el estómago está lleno y aquí se lo dan. Los saludos y despedidas son largos y elaborados, con caravanas a distintos ángulos y multitud de expresiones de disculpa y agradecimiento. Sus filas son impecables; a nadie se le ocurriría saltarse una. El honor es más importante que perder la paciencia. Las reglas se cumplen. Vi calles vacías con cientos de peatones esperando en las banquetas la señal de caminar. En un cartel de la tradicional y fascinante ciudad de Kyoto, se resumían así sus estrictas prácticas de conducta en público: no comer mientras caminas, no fumar, no sentarse en el piso, no tomarse selfies, no tocar a las geishas (en serio) y no tirar basura. En un centro comercial me costó trabajo encontrar un basurero. Esto tiene dos explicaciones. Una, de seguridad. Sin basureros es más difícil esconder bombas en lugares públicos. Y dos, la idea de que tu basura es tuya y es tu responsabilidad llevártela a casa o cargarla hasta encontrar el sitio apropiado para desecharla. Los niños japoneses pasan 15 ó 20 minutos al final del día limpiando sus salones de clases y escuelas. Esa misma costumbre se extiende al resto de la sociedad. Vi a un empleado limpiar con esmero una mancha de chicle en la calle y al chef de sushi lavarse varias veces las manos antes de cortar milimétricamente su sashimi. La convivencia en Japón parece basarse en orden, tradición y limpieza. Muchos hogares japoneses tienen toilets automáticos, igual que los que vi en restaurantes, aviones, trenes y hoteles. Cada vez que entraba al baño me recibía el toilet con entusiasmo, levantando su tapa y ofreciéndome un menú de opciones en cada sentada. Imagínense un carwash, pero para el trasero, desde lavado, secado, spray aromatizante, masaje y todo en la comodidad de un semicírculo a la temperatura deseada. Es un verdadero trono moderno que, también, tiene su explicación. Ante la falta de espacio en los apartamentos japoneses, donde las separaciones de madera y papel no dan privacidad, había que reinventar y hacer más placentero ese efímero momento de privacidad en el baño. En sus calles Japón tiene uno de los niveles de criminalidad más bajos del mundo. Sentí palpitaciones cuando dos mujeres dejaban sus bolsas colgadas en la silla de un restaurante para ir al baño. Al regresar, las bolsas seguían ahí, intactas. Jamás se les ocurrió pensar que alguien se las robaría en un lugar público. A mí sí. Claro, Japón también tiene sus problemas. La economía está casi estancada y hay una grave crisis de suicidios. Pero para los que lo visitamos por sólo unos días, es un verdadero oasis ante los excesos y groserías de la vida moderna en otros países. Japón está 14 horas adelante del horario de mi casa en Miami y me he pasado una buena parte del viaje como en la película Lost In Translation y peleando con el jet lag. Pero algo mágico ocurre cuando las cosas funcionan y el respeto impera. Es, sin duda, el antídoto que necesitaba. A ver cuánto me dura.




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