09/01/2017

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Opinión Editorial

Ojos que sonríen y lloran tonalidades de piel distintas, corazones que cantan, todos somos uno y uno somos todos


Ninfa Deándar Martínez

Atrapada en mi espacio, donde nací, en donde por primera vez vi la luz, me encuentro en la maravillosa estancia desde donde mi padre Heriberto Deándar Amador escribió múltiples escritos de inevitables luchas ciudadanas.

Cerca de aquí se encontraba el hospital San José, después llegó la civilización con la Iglesia de los Sagrados Corazones; antes estaba el Padre Lozano aquí en Nuevo Laredo; en mis años de juventud el Padre Vilchis, con quien escuchábamos misa mis amigas Eloísa Peña, Cristina Guajardo, las afamadas cuatas Del Valle y Leticia Moreno, con quien después me desprendí de mi amado hogar, el hogar de Ninfa Martínez de Deándar (qepd), mi madre. En mi juventud fui llevada a Monterrey al Colegio Labastida con monjas y maestros; recuerdo al padre Hernández Chávez, magnífico escritor de libros de texto.

Fue un internado estricto y agotador, pero ilustrativo y piadoso. Muchos años de sosiego y paz, pero la crisis política y económica no descansan, años de sacrificio y penuria donde chocan el río de agua dulce con el mar, donde se dividen las voluntades y se apiñan los dineros en unas pocas manos, quedando en el desamparo una comunidad que alienta a la corrupción que ahora tenemos por herencia.

Años de poca salud emocional por las desmedidas ambiciones desatadas, por los rencores y odios que desatan años, deshilachados como este evento que comenzó por tratar de imprimir palabras de buena intención, deseándoles un “bello amanecer en 1917”.

Sin embargo, ya lo dije para ti lector, siempre bien amado, como lo fue en la época de mi padre, donde este edificio fue balaceado o prendido en llamas por manos que intentaban acallarlo, pero sin lograrlo y aquí estoy contándolo.

Regocijo hay en el cuerpo y en la mente, pero la flojera del año pasado nos limitan, no hay que dejarnos vencer por las mal puestas palabras del señor Trump, el actual “presidente” electo de EU, pobre de pobres.

Porque aquí es México y nadie osará tocar nuestra tierra; así lo dice nuestro Himno Nacional; yo preferiría que el himno fuera el “Viva México” y que lo tocara la Sinfónica de las Américas o mejor el “huapango” de Moncayo o “La Cucaracha” porque ya no puede caminar.

Es con esta borrachera con tequila y escuchando a José Alfredo Jiménez y a mis nietecitos Heriberto, Rodrigo y Lucía (mi manzanita) hijos de Roxana y Heriberto, que recibí feliz el año con el exquisito manjar del pavo que hizo mi siempre amigo Javier García y su hermana, que guisan exquisito. También con mi nuevo bisnieto Rodriguito (mi pulguito güero), sus papás Ninfa Elsa y Rodrigo Jardón, y el gozo que siempre llevo en mi memoria de mis nietos Alejandra, Daniela, Arturo y Ricardo, hijos de Ramón (mi pulgo güero), Ninfa Cantú Deándar y mi hija que vino de Reynosa, Cuquis con sus hijos Andrea y Federico, hijos del doctor Néstor García.

La “familia” ‘Yes boss, the whole catastrophe’, como dijo el actor Anthony Quinn, nacido en Oaxaca, México, en alguna de sus películas.

Por lo pronto iniciaremos el año, yo empiezo esta fresca tarde como muchos años anteriores, escuchando las campanas de la Iglesia de los Sagrados Corazones, aquí enfrente, que me despertaba desde chiquita para ir a la escuela y que ahora me despierta para escribir pidiéndole, ya que tan cerca está, a Dios que nos guarde de los malos gobiernos, como el de Peña y el que pinta con Trump en el lado americano: no vayamos a terminar el año en guerra, que Dios nos ampare y con el mazo dando.

Por mi parte, como mi padre decía, aquí está mi espada y mi corazón para defender mi tierra y la libertad, como se defiende el amor y la palabra del hombre con dignidad, para que no mancille nuestro estandarte ni el águila que nos da orgullo, y nos anuncia buena ventura para todos los mexicanos por estar marcada en nuestros corazones devorando a la serpiente, parada en las espinas del nopal que da nuestra bella tierra azteca.




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