24/01/2017

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Las ruinas circulares

Humanizar, una tarea olvidada


Marcos Rodríguez Leija

La mañana del 18 de enero de 2017 un estudiante de 15 años ingresó con una pistola al Colegio Americano del Noreste de Monterrey, Nuevo León (México). Durante una clase la empuñó para disparar contra una maestra y varios de sus compañeros. Después decidió suicidarse.

El hecho duele, es estremecedor, consternó a la sociedad de un país en ruinas donde la impunidad es el privilegio de sacerdotes pedófilos, gobernadores que autorizan inyectarles agua como quimioterapia a niños con cáncer o se enriquecen eternizándose en sus cargos o negociando con cabecillas del narcotráfico.

Es espeluznante y triste a la vez todo lo que ocurre en México pero en este caso, el de este niño, es indignante la forma acelerada con la que algunos medios de comunicación lo divulgaron sin profundizar con ética y profesionalismo, sin hacer del hecho algo más que una nota roja que disparara la compra de sus diarios o el rating de sus redes sociales (llámense Facebook, Twitter, Youtube o WhatsApp).

Desconcierta la rapidez con la que fue difundido el video y varias fotografías minutos después del suceso. Indigna la irresponsabilidad de muchos periodistas y medios de comunicación que hicieron eco de esto sin investigar o esperar un resultado preliminar apegado a la verdad más próxima de esta tragedia nacional.

Las preguntas deben ir más allá del cómo obtuvo el niño la pistola, del cómo logró introducirla a la escuela o si sabían algunos de sus compañeros que portaba un arma después de fotografiarse y publicarlo en sus redes sociales.

Hay otras preguntas que debemos hacernos: ¿sabían sus padres y maestros quiénes eran sus amistades, qué hacía en sus ratos libres, cuál era su forma de actuar y de pensar ante la vida, sobre sí mismo, sobre ellos y las demás personas? ¿Sabían sus padres y maestros cuáles eran sus aspiraciones, sus sueños, sus vacíos y frustraciones? ¿Alguna vez le dieron un abrazo sin pedirlo o dar muestras de que lo necesitaba?

El materialismo y la falta de tiempo ante el quehacer cotidiano y la lucha por la subsistencia nos han esclavizado, nos han hecho olvidar lo esencial: el amor y el significado de la vida.

Las autoridades, envueltas en su cotidiano afán por apagar el fuego del infierno al que nos han llevado, adelantaron de inmediato que el menor de edad tenía problemas psicológicos. No faltó la recurrente y equívoca costumbre de algún periódico o un canal de televisión que entrevistó a un psicólogo para alimentar la especulación del hecho con teorías a distancia sobre posibles patologías o sociopatías. Tampoco faltó la opinión de algún maestro que culpó a los padres de familia “por ser tan liberales” y a los derechos humanos por impedir el programa “operación mochila”.

Los políticos y gobernantes a diario eluden la realidad, la tergiversan, mienten sobre sus actos de corrupción, son prejuiciosos, establecen componendas y siempre aparentan incinerar monstruos que ellos mismos engendran.

La mayoría de los medios de comunicación callan, especulan, son superfluos e irresponsables en la manera de informar; la seriedad la vuelven “memes”, chistes o como en el tema en cuestión: violan los derechos universales de los niños, no acatan la Ley de Radio y TV y naturalizan la violencia.

En las escuelas prohíben, restringen, expulsan irresponsablemente a quienes tienen mala conducta en lugar de transformarlos, al resto les ponen grilletes a los mesa bancos o les edifican muros en lugar de confeccionarles alas y enseñarles a volar sin fronteras ni prejuicios, sin miedo a la libertad y al vacío.

El diccionario nos dice que educar es la capacidad de desarrollar facultades intelectuales en una persona. Quien educa transmite valores, fortalece la autoestima y facilita al otro las herramientas que le permitirán ser capaz de convivir y contribuir a la transformación de la sociedad a la que pertenece.

Pero educar no siempre es posible desde el núcleo familiar como tanto se recalca en los medios y en la escuela, menos aún en un país donde 4 de cada 10 familias son disfuncionales ante la falta de empleo, una economía precaria y el alcoholismo como principales causas. En México más de 54 millones viven en la pobreza, hay adultos sin formación académica, abundan hogares donde trabajar se vuelve una prioridad por encima de los hijos, en otros abunda la violencia, la indiferencia o se sostienen con negocios ilícitos.

Ante ese panorama, ¿dónde está la responsabilidad de los otros?

En la época actual, donde la calidad de vida es precaria y la vida misma ha perdido significado, las escuelas y los medios de comunicación juegan un papel importante. Sí, es así aunque estos mismos juzguen, culpen y recalquen que la responsabilidad primera es de los padres, quienes deben, claro está, ser responsables, ofrecer cariño, proveer el sustento y cuidar la salud de sus hijos hasta que ellos puedan valerse por sí mismos.

Pero preguntémonos ¿qué pasaría si tuviéramos periódicos, estaciones de radio, canales de televisión y páginas WEB que produjeran programas culturales que fortalezcan nuestra identidad, que nos enseñen a conocer la nuestra y otras culturas y que sean estos quienes enseñen a leer, a escribir y a aprender otro idioma de manera gratuita?

Los que hay ofrecen todo lo contrario y aprovechándose de un público consumidor del morbo naturalizan la violencia, refuerzan la ignorancia y las supersticiones, la cosificación de la mujer, el dogmatismo religioso y un sinfín de falsos valores a través de bazofias como “La rosa de Guadalupe”, “Primer impacto”, “Pare de sufrir”, “El señor de los cielos” y tantas otras teleseries que idolatren matones y glorifican el narcotráfico.

Hoy los niños estudian detrás de tantas rejas que parecieran que cada mañana acuden a una cárcel (dicho esto desde un sentido literal y metafórico).En las escuelas los atiborran de tarea, se limitan a enseñarles el “a-b-c” o el “1-2-3” sin ir más allá ni ver que las necesidades actuales exigen un conocimiento más amplio que aprender a leer, escribir o matemáticas.

Los maestros olvidaron la dimensión de su labor social: deberían ser guías intelectuales y espirituales de padres e hijos, porque se supone que en ellos está el máximo conocimiento: el de la vida misma.

Hoy las escuelas deberían contar con sistemas de formación más integrales y librepensadoras, enseñar a los niños a sembrar y ver de cerca el proceso de crecimiento de un árbol; enseñarles a construir los cimientos para edificar una casa. Los niños deberían familiarizarse más con el entorno y la naturaleza, aprender lo que representa alimentar y criar a una mascota, practicar la solidaridad y el deporte diariamente, aprender un oficio, a ejecutar un instrumento musical y a cultivar otras disciplinas artísticas; deberían ser educados para la paz, aprender a meditar, a practicar el amor, el yoga, aprender a leer y a escribir poesía que es aprender a cantarle a la vida.

Las escuelas deberían tener jardines, bibliotecas, teatros, médicos, psicólogos pero sobre todo guías que en su función no se limiten a enseñar el abecedario ni las tablas de multiplicar sino esa tarea olvidada que tanta falta nos hace en el país y el mundo: humanizar.

Marcos Rodríguez Leija es Premio Nacional de Periodismo 2000-2001 y forma parte del Diccionario de Escritores Mexicanos del Siglo XX publicado por la UNAM.

Contacto: marcosleija@gmail.com




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