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Aventuras del Mantarraya

Pesca nocturna


Óscar Leal

La pesca sigue dando de qué hablar, una vez que se nos hizo tarde para ingresar al rancho colindante con las márgenes del Río Bravo junto a don Juan Aceves (pescador recreativo de “hueso colorado”) no nos quedó de otra que dirigirnos en pleno ocaso del día directo al río.

Ya casi a oscuras en plan “súmele que te alcanzo”, encarnamos seis anzuelos del número cinco con hígado y lanzamos las líneas trenzadas de sesenta libras de aguante al agua con un espacio de tres metros entre cada una, bien amarradas a postas enterradas en el suelo.

Paso siguiente, se enciende una fogata y una vez alcanzado el modo pasivo del carbón se coloca la parrilla con una cama de pollito fileteado encima.

Con las sillas plegables frente a la lumbre nos acomodamos, justo de frente a las líneas favoreciendo con un ojo al pollo y un oído a las líneas, a las cuales se les colocó una campanilla sobre la línea para compensar la falta de luz y que nos alertaran con su ruido en un posible enganche.

Se platica rápido pero después de transcurrido un par de horas, las campanas sólo retocaron un par de veces nada de que presumir, un bagre de un kilo y una aguja minúscula no llenó las expectativas de la noche, regresando al asador el disfrute de la mezcla matona de pollito asado, bajo el tranquilizante sonido de la corriente del río, nos aletarga al grado de disfrutar la comodidad de las sillas y la tranquilidad nos obliga a soltar una sabrosa charla.

De repente “Pppooommm”, el fuerte resonar de una campanilla rompe con la calma, linterna en mano nos acercamos a la orilla al instante don Juan sujeta la línea.

En segundos con tan sólo ver su rostro y la tensión de la línea corriendo contra corriente fue fácil pronosticar el calibre del “monstruo”, desencadenando una de las mejores luchas que me ha tocado presenciar.

Sin poder arrimar al pez a la orilla sin antes cansarlo, Juan contiene los embates al dejar escapar algo de línea, bajo un estira y afloja se pasan más de veinte minutos antes de que el pez diera muestras de cansancio.

Ya con su cabeza de 40 centímetros de ancho chapoteando justo en la orilla, picado por la adrenalina del momento, de un brinco se abalanza sobre ella colocando sus manos dentro de las agallas para arrastrarlo con gran esfuerzo fuera del agua.

Ya en tierra firme sin poder contener la emoción con una serie de brincos y gritos de alegría desborda toda su adrenalina, al ver un gran bagre de 1.60 metros de largo y 25 kilos de peso que fue el trofeo de una buena noche de pesca entre amigos.

¡Cuéntame tu historia, tú ya conoces la mía!, viajesdepesca@hotmail.com.




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