03/02/2017

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Opinión Editorial

Vivo y leo la historia y saco conclusiones


Ninfa Deándar Martínez

Ayer en San Miguel de Allende, la ruta de la Independencia, la tierra que vio nacer a nuestro México, en ese entorno de altos magueyes en las colinas es imposible no evocar el patriotismo, el amor a una tierra y a una cultura fundida de dos. Quizás no haya mejor lugar para pensar que no fue en vano trabajar y luchar por este hermoso país.

Las naciones se construyen con patriotas, con ideales y valor. En nuestra historia los tenemos desde la Independencia, los liberales de la Reforma y nuestra Revolución. Tengo la fortuna y la suerte de conocer a uno de estos hombres de estatura intelectual y uno de los últimos patriotas. Y precisamente en este inicio de año, durante mi estadía en San Miguel, me enteré que Don Luis Echeverría Álvarez se encontraba cautivo en su propia casa, así me dijeron y así lo constaté.

El Lic. Tamayo, inseparable amigo del Lic. Echeverría, fue el que me introdujo por la puerta trasera hacia sus aposentos. Me invadió un escalofrío al ver a nuestro ex presidente en una estancia fría y oscura, mas sin embargo desde la puerta escuché su voz firme decir mi nombre: “¡Ninfa!”. Le respondí: “Luis, mi siempre bien amado y no bien ponderado Presidente”, y me dirigí a su camastro donde yacía con una frazada mexicana.

Conocí a Luis Echeverría como reportera trabajando en México para cubrir la información; era joven y admiraba al Presidente por su visión y defensa de los desvalidos, porque luchaba por la dignidad de su pueblo y ese amor que transpiraba por todos sus poros por México.

En un mitin político en el Zócalo advertí un liderazgo genuino. Con sus brazos extendidos y una voz fuerte sentí que abrazaba a la multitud y casi podía tocarse la dignidad y el orgullo nacional. Cómo no iba a admirarlo. Aún hoy estas vivencias están grabadas en mi conciencia. Don Luis me recordaba a mi padre, un liberal que como él amaba a México.

En esta Plaza de la Constitución vi con claridad y pude sentir la presencia de nuestro pasado indígena y europeo, dos metales fundidos en uno. ¡Imborrable experiencia! En verdad no sé si fue una conexión mental o los influjos de una luna pálida que salía en el horizonte, pero allí me tocó México.

Esa imagen del indio en caballo en el Zócalo, armado con flechas y cuchillos, listo para la pelea; me asustó un mensaje tan claro que lo consideré absurdo y decidí no escribir este interesante acontecer, quizá producto de una percepción perseverante y aguda que tantas veces se me manifiesta, pero que finjo demencia quizá por temor.

Estaban los ánimos caldeados. Pensé en esa ocasión que lo vi por primera vez y cuando, al observar la multitud, sentí el recuerdo del nefasto gobierno de Díaz Ordaz, que su solo nombre nos trae el terrible acontecimiento de la tragedia del 68.

Era relativamente temprano en la noche y nos fuimos al restaurante enseguida del periódico Excélsior, donde nos encontramos con Julio Scherer y un grupo de periodistas, entre ellos Francisco Fe Álvarez, mi gran amigo y a la postre Director de El Mañana de Nuevo Laredo. Nos sentamos con ellos a comentar las noticias y todos coincidíamos en que la parte más emotiva del discurso de LEA fue cuando habló con pasión de un México libre de intervenciones extranjeras, también de ese México olvidado de los indígenas que son los verdaderos dueños de la tierra mexicana y nosotros como mestizos sólo compartimos con ellos.

El Presidente criticó con fuerte voz la esclavitud que encadenaba a los mexicanos por un pedazo de pan y a los que tenían que emigrar por la falta de trabajo, graves injusticias que todavía están vivas. Apuntaba con índice de fuego a Estados Unidos por proteger y fomentar este sistema feroz del capitalismo que venía arrastrando y exterminando las esperanzas de un pueblo.

Coincidimos y simpatizamos en nuestra casa de entonces en México, el periódico Excélsior, y su director Julio Scherer, con don Francisco Fe Álvarez y su esposa Lya, que después trabajó en este periódico y ella como directora del Teatro de la Ciudad. Julio, con charlas magistrales como siempre y acompañado de su esposa Sara, cenaba con nosotros y nos divertía mediante conversaciones inteligentes y novedosas. En alguna ocasión le platiqué la experiencia que había tenido, sobre la percepción de las manos del presidente Echeverría y la casi mágica visualización de los indios. Julio me dijo con voz tierna: “Jamás Ninfa, jamás, te vayas a involucrar con un político, mucho menos con el Presidente de México. Somos periodistas no lo olvides”. Asentí atenta al consejo del maestro.

Su servidora viajaba en aquellos años a Reynosa, Laredo, México, Matamoros y por la Frontera Chica constantemente, por ser la región que consideré sumamente interesante para el periodismo y así dar cuenta de lo que se estaba desarrollando como una mancha negra en nuestro territorio. La corrupción comenzaba a asentarse gravemente por las ambiciones desatadas. Esta información la transmitía a Julio Scherer en México.

SAQUEAN PEMEX



En el año 1971, siendo presidente Don Luis, lo tomaba del brazo para informarle de la situación tan grave que se asomaba amenazante desde la frontera para México. Una pandilla de mexicanos y americanos robaban a Pemex vendiéndole equipo al triple del precio. De esto le di cuenta al Presidente llevándole la información del periódico El Mañana de Reynosa, ciudad donde se realizaba el gran fraude y que mi hermano Heriberto Deándar Martínez mandó investigar. Los dos Mañanas se unieron para difundir tan alta traición.

Julio Scherer y yo convenimos publicarlo en nuestros mutuos periódicos el mismo día y Luis Echeverría al enterarse y tener toda la documentación, encarceló a Crisanto Ramírez de Reynosa. Otros cómplices que residían en Estados Unidos, en McAllen y ahí se quedaron, no los pudieron tocar.

Mi hermano Heriberto y los reporteros de Reynosa y de Nuevo Laredo, festejamos el triunfo que ocasionó este gran reportaje. Esta magnífica investigación llevada a cabo por todos los reporteros de los Mañana de Tamaulipas dirigidos por sus directivos, como lo enseñara nuestro padre, nuestro fundador, Don Heriberto

Deándar Amador.

Poco tiempo después hablaban continuamente a la casa de su servidora en Reynosa, Tamaulipas, para decir con voz casi de ultratumba que morirían todos mis hijos. Las consideré amenazas furtivas que muchas veces nos alteran los nervios y nos paralizan hasta las manos y el cerebro para no poder escribir. Recordé vivir esto de niña con mi padre, donde frecuentaban las llamadas y nada más se escuchaban los balazos en la redacción que rompían vidrios y máquinas de escribir Olivetti. Mi padre solamente gritaba con fuerte voz a todos: “¡Agáchense!”, incluyéndonos a nosotros de niños que vivíamos en el mismo edificio que ahora sigue en El Mañana, en Juárez y Perú, de Nuevo Laredo. Eso fue ayer y aquí estamos todavía con la frente en alto y dando la cara, como exige la lealtad a uno mismo y a un pueblo devastado por malos gobiernos coludidos, déspotas, que sólo por el poder y el dinero, le venden su alma al diablo.

LA MÁS DOLOROSA PÉRDIDA DE MI VIDA



Estando yo en El Mañana de Nuevo Laredo, trabajando, me llamó mi cuñada de Reynosa con urgencia, Guillermina Robinson, diciéndome que había sucedido un accidente en mi casa. Me regresé inmediatamente con mi nana Epigmenia Godina, que me acompañaba y quien me dijo con estremecimientos: “Ninfita, no te había dicho que soñé a Luisito que lo arrastraba el Canal Anzaldúas en Reynosa, que yo gritaba pidiendo auxilio, que nadie me auxilió y finalmente el niño se ahogó, pero eso solamente fue un sueño y el niño debe de estar bien”; sin embargo, me estremecí y contemplé el horizonte pidiéndole a la luna y a las estrellas que protegieran a mis hijos. Arribé rápidamente a mi casa en Reynosa y me recibió mi hija mayor, informándome que mi hijo Luisito se había ahogado. Pregunté a mi hija y a mi cuñada que dónde estaba Luisa, la muchacha que cuidaba a mi hijo, y en ese momento perdí el conocimiento. Se destrozó mi corazón, mis manos se paralizaron, no podía escribir. Me soñaba con un cañón en la mano, dando muerte a los responsables.

Días después inicié una investigación y encontré que el novio de la muchacha que me ayudaba con los niños, un joven con pelo largo y aretes en los oídos, traía una camioneta del año, y Luisa desapareció.

LA DESTRUCCIÓN CON LOS TECNÓCRATAS



Después el caos total llegó a México, con el arribo de los tecnócratas, José López Portillo, Miguel de la Madrid y el nefasto gobierno de Carlos Salinas.

Por ese entonces dejé de cubrir México, pues me asqueaba tanta hipocresía y faramalla. En esos sexenios me dediqué al periódico de Nuevo Laredo, desenmascarando los enjuagues de “políticos”, funcionarios y funcionarias que se dedicaban a saquear las arcas de los pueblos.

Mi amigo, el doctor Mauricio González de la Garza cumplía años y me invitó a una comida en su casa en la Ciudad de México. Claro que fui, él escribía editoriales en este periódico, pero no se me informó que allí estaría el presidente Salinas. Cuando llegó me sorprendí, pregunté si iría Luis Donaldo Colosio, pero él nunca llegó. Sentada en una esquina, donde quizá buscaba refugio, observé las caravanas y besamanos de todos los allí presentes, incluyendo dueños de periódicos de México, cosa que siempre he criticado y detestado. Se paró el Presidente delante de mí y casi me reclamó: “Y tú Ninfa, ¿por qué no me saludas?”. De inmediato le contesté: “Porque no creo en el presidencialismo señor Presidente”. Mas sí me levanté para saludar a su esposa. Noté un gesto burlón, se asomó una sonrisa y me contestó: “¿Cómo está su hermano en Reynosa?”. Contesté: “Bien, ¿y el suyo, Raúl?”. Me retiré temprano disculpándome y al salir, ya en el hotel, me comuniqué con Colosio, quien me invitó a comer al día siguiente. Acepté.

La comida fue cerca del hotel donde me hospedaba y desde donde mandaba información a El Mañana. Después de saludarlo le entregué unos documentos de peticiones de una colonia de la periferia que me habían entregado en Alianza Cívica, que nació gracias a un grupo de ciudadanos que en Nuevo Laredo buscábamos terminaran los gobiernos corruptos que nos agobiaban bajo las mismas siglas del PRI.

Fui a su oficina a Sedesol. De repente, en presencia de Colosio, guardé silencio, alzando la mirada al techo de la habitación y con voz baja le dije sin mirarlo: “Luis Donaldo, te van a matar igual que lo hicieron con mi hijo Luisito, y es el sistema”; volví en sí y lo vi blanco como el color de su camisa. Poco después respirando me respondió: “Ninfa, si me matan, salven ustedes a México, rescátenlo de tanta perversión”.

Asentí y nos despedimos con una mezcla de cariño y tristeza por la deplorable circunstancia que envolvía a nuestro país. Mandé saludos a su esposa Diana Laura y salí triste, sintiendo un gran vacío en mi corazón, pero analicé que no coincidían sus ideas para México con las de Carlos Salinas. Me acordé de los comentarios que me hacía Eduardo Valle “El Búho”; Colosio exponía sus ideas espontáneamente, se me estrujó mi cuerpo y el corazón. Hubiera sido un excelente Presidente.

EN BUSCA DEL RESCATE DE NUEVO LAREDO



En 1971, el presidente Luis Echeverría le entregó las banderas del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana al licenciado Carlos Cantú Rosas. Así estuvo en México a cargo de este partido y cerca del Mandatario.

El año de 1995, Carlos Cantú Rosas (viejo), gran orador de Nuevo Laredo, que tenía a su cargo el PARM, me ofreció la candidatura a la alcaldía, a lo que le comenté que yo era periodista y no política; insistió por la necesidad que se venía fraguando, intuía una traición al país y a los ideales revolucionarios que él sustentaba. Me decidí a ir con él, pero no de propietaria, sino de suplente, con la idea de no afectar mi pasión por el periodismo y según mi pobre entender por la defensa de la libertad de prensa.

Fue una experiencia extraordinaria estar al contacto con la gente y casi gritarles hasta el anochecer con la luz de la luna, alertarlos de la gran tormenta que se avecinaba en México con Carlos Salinas de Gortari como Presidente. Ganó las elecciones el licenciado Cantú Rosas, venía mucha gente con nosotros que coincidía con ese pensamiento libertario y el periódico El Mañana imprimía en blanco y negro a ocho columnas esta gran amenaza que denunciaban los dos candidatos, Carlos y Ninfa. Se abría una ventana de luz para el horizonte neolaredense, pero la cerraron a pesar del triunfo, las fuerzas malignas que aún persisten tanto en periódicos como en políticos de la localidad y de todo México, sólo por amor al billete.

TRUMP, LA AMENAZA QUE SE VEÍA VENIR



Seguí visitando ahora la revista Proceso con mi compadre Julio Scherer. Nos contábamos todos los avatares dentro del periodismo. Y ahora, viendo hacia atrás y percibiendo el horizonte que nos amenaza en la actualidad, nos enfrentamos a un peligro mayor para México, el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que es un genio retorcido porque la maldad y la mala entraña para otros países lo convierte en un monstruo y con el poder que se le ha otorgado puede, si no nos defendemos, devorarnos a todos.

APUNTE FINAL, SIN LUZ DE LUNA



Extraño a mis amigos, hombres como Don Luis Echeverría, aún con vida; a Don Luis Donaldo Colosio que le costó la vida ser leal a sus principios y a su Patria, siendo sacrificado por el sistema; Julio Scherer, gran maestro de periodistas que movió conciencias y agitó aguas turbulentas en la fuerte verdad de las palabras en blanco y negro vertidas por el equipo en la revista Proceso de México y extendidas a las provincias en periódicos valientes; Don Heriberto Deándar Amador, modesto periodista provinciano, fundador de tres periódicos El Mañana de Nuevo Laredo, El Mañana de Reynosa y El Mañana de Matamoros, que en 1924 fundara El Verbo Libre con ecos revolucionarios y en 1932 cambiara el nombre por El Mañana, el periódico que va con el pueblo, que al igual que Julio Scherer defendiera hasta con su vida si era preciso, los principios básicos del periodismo y los valores humanos.

Todos ellos dignos del reconocimiento de México, pero olvidados porque sus luchas fueron contrarias a la entrega del petróleo y de lo que nos queda de nuestro país, como Quijotes en letra muerta que no se leen porque finalmente se impusieron las ambiciones a los ideales de un país más justo. Las ganó un sistema económico que produce múltiples injusticias y lamentables pérdidas de conciencias y vidas en México y en el mundo.

Como responsable única, soy quien toma las decisiones y quien ordena lo que se publica o no se publica en esta empresa editora, porque el ejercicio del periodismo, la defensa de las libertades todas es la gran satisfacción de mi vida y eso nadie lo puede destruir.

El día que muera me iré con la gran satisfacción de vivir en plenitud, de ver las estrellas, la naturaleza, abrazar árboles y sentir la inteligencia de sus raíces, de amar con intensidad a mi país y defender los valores fundamentales de la vida.

De la práctica de la profesión periodística, la más hermosa y satisfactoria que es el servicio a la gente a través del verbo libre y creador de conciencias libres y amadoras.

Un periódico es un símbolo de libertad, es un reflejo de una sociedad que aspira a vivir civilizadamente, la búsqueda incesante de la legalidad que demandan las sociedades humanas. Por eso a veces también son los periódicos un símbolo de esperanza. Es un verdadero gozo y privilegio tan digna misión que se convierte en un apostolado.



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