09/02/2017

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De política y cosas peores

Bonos de puntualidad


Catón

Un individuo de nombre Agameto Chiclán se consiguió una carta de recomendación de cierto político importante que era compadre de un primo segundo del cuñado de la suegra de un tío del papá de una amiga de su esposa. Armado con esa recomendación buscó trabajo en cierta dependencia de Gobierno. Después de varios meses de solicitar audiencia, y luego de hacer mil 184 horas de antesala, fue recibido al fin por el jefe, a quien hizo entrega de la carta. La leyó con prosopopeya el hombre, aunque esa afectada gravedad no evitó que moviera los labios al leer. Cuando llegó al final de la misiva -ocho minutos después de haber comenzado su lectura- el alto burócrata se impresionó al ver la firma al calce del escrito. “¡Caramba! -exclamó con apuro-. El señor es muy mi amigo. Debo admitir que lo he visto una sola vez, y eso de lejecitos, el día que recibió la constancia de diputado plurinominal, cargo que con tanta dignidad ostenta sobre todo cuando honra con su presencia las sesiones de la Cámara; pero aun así a un amigo de esa categoría no se le puede negar ningún favor. Cuente usted con el empleo”. Preguntó Agameto, nervioso: “¿No me harán alguna evaluación?”. “Ninguna -respondió el funcionario-. La mejor evaluación ya la hizo mi querido amigo al extenderle esta epístola recomendatoria. Ya tiene usted el puesto. Bienvenido al barco”. Volvió a preguntar el otro, temeroso: “Y ¿me practicarán examen médico?”. “¿Para qué? -rechazó el jefe-. Su pelo se le ve brillante y tiene húmeda la nariz, lo cual es señal indicativa de que tiene usted buena salud. Preséntese usted a la chamba, perdón, al trabajo mañana mismo. Su horario será de 9 de la mañana a 3 de la tarde”. Manifestó Chiclán con inquietud: “Le pregunté lo del examen médico porque obra en mí una circunstancia muy especial que quiero hacer de su conocimiento, no sea que luego se sepa y tenga yo algún problema”. “No lo creo -repuso el funcionario-. Pero, en fin, dígame usted cuál es esa circunstancia personal”. “Tuve la desgracia -narró Agameto con vergüenza- de haber nacido sin testículos. Soy hombre; funciono como tal; puedo hacer obra de varón; pero no tengo testículos; carezco por completo de ese par de atributos masculinos. No sé si es que nací sin ellos o están ocultos por causa de lo que llaman criptorquidia. El caso es que no tengo lo que por otros nombres se conoce como testes, dídimos o compañones. Dígame usted si eso es causa de inhabilitación”. “De ninguna manera -respondió el jefe-. Estamos en lo dicho: ya tiene usted el puesto. Eso sí: hay un pequeño cambio en su horario de trabajo. En vez de venir de 9 de la mañana a 3 de la tarde, como le dije anteriormente, vendrá usted de 11 de la mañana a 3 de la tarde”. “¿Por qué?” -preguntó Chiclán-. Respondió el funcionario: “Es que, mire usted: en esta oficina nos la pasamos de 9 a 11 rascándonos eso que a usted le falta. No tiene caso entonces que llegue tan temprano”. Vino a mi mente la anterior historietilla cuando supe que el Gobierno gasta millonadas de pesos en otorgar bonos de puntualidad a sus empleados y funcionarios, muchos de los cuales llegan temprano a no hacer nada. Asistir puntualmente a sus labores es uno de los deberes del trabajador. Se antoja más procedente castigar, siquiera sea con extrañamiento o amonestación, a quien llega tarde a su trabajo que premiar a quien al ser puntual no hace otra cosa que cumplir su obligación. En fin, la costumbre es ley, y ya no puede el Gobierno dejar de dar ese bono a sus trabajadores so riesgo de afrontar manifestaciones de protesta a las cuales, por no haber bono de puntualidad para marchas y plantones, todos los asistentes llegarán tarde y preguntando: “¿Qué la manifestación no era pa’ mañana?”… FIN.



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