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De política y cosas peores

Hagámosle la señal


Catón

Jactancio Narcícez, sujeto presuntuoso, pagado de sí mismo, vanidoso, manifestó en presencia de señoras: “Cuando nací se me dio a escoger entre dos regalos: una buena memoria o un atributo varonil descomunal. Ya he olvidado cuál de los dos regalos escogí”... El bully de la escuela le preguntó a Pepito: “¿Cómo te llamas?”. Respondió él: “Pepito”. “¡Mira! -se burló el bravucón chamaco-. ¡Cambiándole una sola letra a tu nombre pasas a llamarte Peputo!”. Los demás niños rieron aquel dudoso juego de palabras para congraciarse con el farfantón. Le preguntó a su vez Pepito: “Y tú ¿cómo te llamas?”. Contestó el otro, desafiante: “Mi nombre es Heroldino”. “¡Mira! -dijo entonces Pepito-. ¡Cambiándole todas las letras a tu nombre pasas a tiznar a tu madre!”... El señor Videgaray, Canciller en vías de aprendizaje y principal encargado de negociar con Trump y sus secuaces, da a veces la impresión de estar del lado del Presidente yanqui más que de los intereses de acá de este lado. Se muestra obsecuente con ese hombre que es enemigo declarado de México y de los mexicanos. Un cosa es la prudencia y otra muy distinta la pusilanimidad, empezando porque es más difícil pronunciar la palabra ‘pusilanimidad’ que la palabra ‘prudencia’. Ciertamente la relación con los Estados Unidos demanda moderación, cautela y tino, pero eso no implica que nuestros representantes deban hacer concesiones frente a aquel mal hombre, ni mostrar debilidad antes sus desplantes o amenazas. La soberanía nacional, la dignidad de México y el interés de la República exigen por igual que en su momento, si es necesario, le hagamos a Trump la seña consistente en levantar el brazo izquierdo; abrir los dedos índice y pulgar de esa mano en un ángulo aproximado de 90 grados; colocar luego el dedo índice de la mano derecha en el vértice de ese ángulo e imprimirle seguidamente un movimiento como de émbolo o pistón al tiempo que se le dice con energía: “Ten tu muro, cabrón”, y después: “Fuck you”. Recordemos: no hay borracho -ni loco- que coma lumbre. México no es una republiquita bananera. Son muchos los vínculos que unen a nuestro país con los Estados Unidos, y que a los vecinos les conviene conservar por encima de los caprichos y arrebatos del energúmeno que en mala hora eligieron como presidente y que los ha enemistado ya con la mitad del mundo. (La próxima semana los enemistará con la otra mitad). Firmeza y dignidad, pues, en el trato con Trump. La simpatía y el apoyo de las naciones están con nosotros, no con él... El cuento que ahora sigue fue acremente censurado por doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Quien tenga criterio estricto o escrúpulos de moralina debe abstenerse de leerlo. También puede pedirle a alguien que se lo lea. Así se librará del remordimiento de haber puesto en él los ojos... El Príncipe Azul quería casarse con una doncella pura y virginal, ingenua y cándida. Fue con la Cenicienta y le mostró su parte de varón. Le preguntó: “¿Qué es esto?”. “Es la polla” -respondió ella con desparpajo. Al oír tamaña vulgaridad el Príncipe Azul se retiró escandalizado. Enseguida buscó a la Bella Durmiente. “¿Qué es esto?” -le preguntó. “Es la polla” -contestó también. Se llevó las manos a la cabeza el Príncipe Azul, lleno de azoro, y luego se alejó precipitadamente. Fue luego con Blanca Nieves y le preguntó: “¿Qué es esto?”. Dijo ella, tímida: “Es la pilinguita”. El Príncipe se alegró. ¡Al fin había hallado una doncella púdica para desposarla! Quiso asegurarse, sin embargo, de su elección y volvió a preguntar: “¿Acaso no es la polla?”. “No -replicó Blanca Nieves-. Polla, lo que se llama polla, es lo que tiene Tontín el de los siete enanos. Lo tuyo es una pilinguita”... FIN.




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