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De política y cosas peores

La corrupción


Catón

Con motivo del Día del Amor y la Amistad don Chinguetas le envió un gran ramo de flores a su esposa doña Macalota. Ella no tenía en mente la fecha, de modo que se preguntó: “¿Ahora qué chingaos habrá hecho este cabrón?”… Un head hunter o buscador de talentos estaba en la Ciudad de México y vio en la televisión un video que mostraba cómo dos pandilleros de una colonia brava le robaban las cuatro llantas a un automóvil en 10 segundos. Pensó que aquella artesanía mexicana podía ser de utilidad en el mundo de las carreras de autos. Pagó entonces la fianza de los raterillos y los llevó consigo a Inglaterra. Ahí ofreció los servicios de sus pupilos a la famosa escudería McLaren. Dijo a sus directivos que los mexicanos podían cambiar en los pits las llantas de los coches en la mitad del tiempo que las cuadrillas locales. Los británicos, escépticos, pidieron ver una prueba de comportamiento. Pusieron un auto de carreras en uno de los pits y cronómetro en mano les tomaron el tiempo a los mexicanos. En 10 segundos flat éstos no sólo le cambiaron las llantas al coche de la McLaren: además lo pintaron de otro color, le cambiaron el número de registro, le pusieron placas sobrepuestas y le vendieron el auto a la Ferrari. La anterior historietilla trata de un mal endémico de nuestro país: la corrupción. Desde los tiempos de la Colonia se hablaba ya de “el unto mexicano”, nombre que recibía entonces lo que hoy se llama “la mordida”. Dos raíces tiene esa funesta práctica: el desprecio por la ley y la impunidad. Todavía hoy los gobernantes en México se sienten absolutos, vale decir absueltos de someterse al orden jurídico. Piensan que éste se hizo nada más para los gobernados, y ellos se lo pasan por donde Petra se pasa el estropajo, si me es permitida esa ática expresión. La ley es entre nosotros, según comparación antigua, una telaraña que los fuertes rompen y que sólo a los débiles atrapa. Pobre país aquel donde el poder económico o político puede coartar la recta aplicación del orden jurídico. A tal especie pertenece México. Aquí todo se puede arreglar. Por eso estamos tan desarreglados... Nos hallamos en la Edad Media. Un pobre campesino se ganaba la vida llevando cargas en su carretón tirado por un viejo caballo. Una noche, al regresar a casa, el jamelgo cayó muerto de repente. Su infeliz dueño se echó a llorar desconsoladamente: “¿Cómo ganaré ahora el pan para mis hijos?”. Lo oyó un fraile benito y le dijo: “No llores más, buen hombre. Ven conmigo”. Lo llevó a donde estaba la cuadra de finísimos caballos del señor feudal y le indicó: “Escoge uno”. “¿Cómo? -se asustó el campesino-. Eso sería robar a mi señor. Iría yo a la horca”. Replicó el fraile: “Tal cosa no sucederá, hijo mío. Anda; toma un caballo, el que quieras, y llévatelo”. Así lo hizo, aunque temblando, el campesino. El fraile entonces se echó a dormir en el lugar donde dormía el caballo. Llegó a poco el señor feudal y se asombró al ver ahí un monje. Lo despertó y le dijo: “¿Qué hace usted aquí, hermano?”. “¡Bendito sea Dios! -clamó el fraile-. ¡Por su infinita misericordia he vuelto a mi ser original!”. “No entiendo” -se intrigó el otro-. Narró el benito: “En cierta ocasión falté a mi voto de castidad y tuve trato de fornicio con una mujer. En castigo el Justo Juez me convirtió en caballo. Aquí estuve, en tu establo, hasta ahora que por su perdón he vuelto a ser lo que antes fui”. “¡Milagro!” -prorrumpió el noble-. Y tras dar de comer y beber al monje lo despidió pidiéndole sus oraciones. Días después el señor feudal iba por el camino y vio venir un carretón tirado por un caballo. Lo reconoció: era su caballo. Fue hacia él y le dijo: “¡Ay, padrecito! ¡Ya volvió usted a las andadas!”… FIN.



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