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Aventuras del Mantarraya

De niveles interminables


Óscar Leal



Pasar al rancho de don Genaro con la intención de recolectar algo de leña era sólo el pretexto, por lo general nuestras intenciones estaban acompañadas de un hacha, un par de machetes y por supuesto nuestro equipo de pesca.

Tan pronto cruzábamos el falsete del portón, en plan de “muévete que te alcanzo”, empezaba la recolección de troncos secos de mezquite, con la intención de llegar frente a la casona con la carga suficiente de leña.

Esto nos brindaba la ventaja de pasar por don Genaro y sin perder el menor de los tiempos enfilarnos rumbo al río, obvio para aprovechar la mayor parte de la tarde pescando.

Don Genaro siempre ávido de compañía, nos brindaba las mejores de las atenciones y ofrecía con la misma intensidad una charla de niveles interminables.

Como buen amante del beisbol, siempre lo usaba de arrancador en cualquier conversación y sin olvidar sus raíces dominaba todo tema que apuntara al campo.

Siembra, cuidado de ganado y el cambio climático de las estaciones, la cual asociaba siempre con el comportamiento de sus animales, las gallinas le avisaban de los cambios repentinos, las chivas de las temporadas de sequia y los pájaros las lluvias.

Para él, la pesca representaba sólo una actividad encaminada a proveerle alimento y como buen conocedor del entorno de acuerdo a las estaciones climáticas en tiempos de calor frecuentaba partes del río poco profundas donde las corrientes de agua desembocan en suelos empedrados.

Casi en la parte central del río y en temporadas de frío su zona de pesca favorita contaba con superficies con fosas profundas y aguas más calmas pegado a la orilla.

Como un “himno” en cada una de nuestras visitas nos recordaba que su dieta siempre estuvo ligada a respetar el entorno natural y nunca pesco más de lo que le cabía en el estomago.

Recordándonos ese glorioso día en el que lanzó un par de sogas con una serie de 3 anzuelos al agua, después de una hora regreso a revisarlas, en una de ellas se encontraban un par de bagres, con el peso ideal para saciar su hambre un par de días, al intentar sacar la otra línea “Pppoommm”.

Tardó más de una hora para doblegar la voluntad de un catán el cual rebasaba los 25 kilos de peso y contaba con 1 metro 80 centímetros de largo, el cual se vio obligado a liberar de inmediato.

Evaluó sus oportunidades para preservarlo y al no contar con luz eléctrica, refrigerador ni la sal suficiente en ese momento para evitar que la carne se echara a perder antes de poder ingerirlo optó por dejarlo ir y hacerlo parte de sus memorias.

¡Cuéntame tu historia, tú ya conoces la mía!, viajesdepesca@hotmail.com.






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