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Artículo

Para llorar


Guadalupe Loaeza

Para Diego por sus 45 años.

Cuando paso por el Paseo de la Reforma y veo las obras de la Línea 7 del Metrobús, tengo ganas de llorar. “Esto es una mentada de madre para la ciudadanía”, me digo con un nudo en la garganta.

Mientras manejo y freno cada dos minutos, me pregunto desconsolada cómo fue posible que para estas obras de construcción hubieran tenido permiso de derribar 640 árboles y suprimir 4 mil metros cuadrados de áreas verdes.

Totalmente frustrada e impotente, trato de imaginar los 15 kilómetros que tendrá de recorrido el Metrobús pasando por 32 estaciones que irán desde Los Indios Verdes a la Fuente de Petróleos, pasando por la Basílica de Guadalupe.

Mis lágrimas que están a punto de rodar por mis mejillas son totalmente inútiles, ya que hasta ahora ya existen cuatro frentes de obra, dos de ellos en el cruce con Eje 2 Norte, uno más en la intersección con Prolongación de los Misterios y el último que se encuentra en Calzada de los Misterios, llegando hasta Santa Fe.

A este paso, muy pronto ya no tendremos ciudad, sino puras líneas de Metrobús, y miles de unidades de doble piso para dar servicio a millones de pasajeros al día. Con la Línea 7 se transportarán 130 mil pasajeros todos los días. Aunque digan que los 90 nuevos autobuses con tecnología diesel con equipamiento para abatir emisiones sustituirán a 180 camiones de transporte público, tengo ganas de llorar.

No obstante estas unidades vengan de Escocia y sean fabricados con la cromática del BRT (Bus Rapid Transit) en rojo con logotipos en blanco, tengo ganas de llorar.

¿Acaso estas obras no atentan contra nuestro patrimonio? ¿Acaso el Paseo de la Reforma no es un referente nacional y un monumento histórico?

¿Qué diría el historiador Silvio Zavala (1909-2014) que consignó en su libro “En defensa del Paseo de la Reforma” (1997) todo lo que padeció la avenida a lo largo del siglo 20?

“Reprochaba a las autoridades que cedieran ante la especulación y el comercio, antes de defender los valores históricos y artísticos de la ciudad...”, recordó Martha Fernández en un artículo de la revista Casa del Tiempo de la UAM, del 14 de marzo de 2015 (Proceso).

¿Qué diría el cronista de la ciudad Guillermo Tovar y de Teresa de estas obras, quien muriera con la tristeza de ver la estatua ecuestre de Carlos IV “El Caballito”, hecha una ruina?

Como dice Carlos Martínez Assad, en su libro “La Patria en el Paseo de la Reforma”, del Fondo de Cultura Económica, 2005: “El Paseo de la Reforma se constituyó en el eje en el cual se asentó, junto a un trazo urbano sobresaliente, el discurso patriota contado por las estatuas sembradas a lo largo de su camino”.

“La Columna de la Independencia o El Ángel expresa la síntesis de la búsqueda de la soberanía y simbolismo del arduo camino de la formación de la Nación mexicana con una sociedad dispuesta a defender y a mantener las conquistas logradas a través de cruentas luchas contra países extranjeros e incluso entre mexicanos.

“Es el Paseo de la Reforma en su recorrido una lección viva de historia porque su construcción fue obra de muchos años, la síntesis de varios gobiernos, y sus señas prevalecen imbatibles frente al tiempo incluso aceptando la modernidad que recorre el país.

“Diferentes sectores de la sociedad han hecho de esa vía el escenario de sus paseos cotidianos, de sus manifestaciones, de sus celebraciones patrias y hasta de sus batallas porque sus elementos son reconocibles y permanecen en la memoria de las generaciones de mexicanos que han hecho suyo sus espacios en algún momento de su vida”.

Hace algunos años, también lloré cuando remplazaron a lo largo del Paseo de la Reforma el camellón de flores por los horribles picos, bajo el pretexto que, de este modo, los peatones no se atreverían a atravesar la avenida. Esa pésima iniciativa también fue una mentada de madre a todos los que nacimos y vivimos en la Ciudad de México.

Carlota afirmaba que desde las terrazas del Castillo de Chapultepec se “veía el panorama más hermoso del mundo”. De allí que para comunicar el Palacio con el Castillo, Maximiliano mandó a abrir lo que sería el Paseo de la Emperatriz, según el modelo de los Campos Elíseos. Una vez construido, lo recorría a pie todos los días.

¡Vaya vista la que tendrá ahora el Paseo de la Reforma desde el Castillo con las 90 unidades del Metrobús a lo largo de 15 kilómetros!

Por todo esto tengo ganas de llorar.

gloaezatovar@yahoo.com



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