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Aventuras del Mantarraya

En plena Pascua


Óscar Leal



Típico viernes muy temprano, una vez que ingresábamos al rancho en compañía de amigos y familiares, una vez que papá estaciona la camioneta junto a una arboleda, a escasos metros del río Salado, no había necesidad de recordarnos lo que debíamos hacer.

Bajar los víveres, acomodar hieleras, sillas y mesas, lo más importante limpiar el área donde se colocarían el par de casas de campaña y su set de catres.

Siempre en la parte central del campamento se improvisaba la cocina, una parrilla grande, a la cual se le colocaban piedras alrededor para maximizar el calor de la leña y con eso bastaba.

Sin perder el enfoque recorríamos los alrededores para recolectar más leña e insectos que serian

utilizados como carnada.

Para las once de la mañana, ya con el campamento armado sólo nos detiene el receso para disfrutar de un rápido almuerzo, el cual una vez concluido, sin más que nos lo impida salimos corriendo a la orilla del río Salado a colocar nuestras líneas de pesca.

Como costumbre, siempre colocamos 5 de ellas con anzuelos pequeños del número 1 en la parte más profunda del río, aprovechando los chapulines recolectados y un poco de hígados de pollo.

Paso seguido, sin perder tiempo, nos dirigimos a la parte más baja del río y con un par de clavados tratamos de mitigar el calor corporal.

A intervalos cortos de tiempo revisábamos las líneas para apersogar las capturas, carpas, mojarras y cuchillas pequeñas, eran las principales capturas, que nos servirían de

carnada, para la noche.

Sí, antes de oscurecer nos dirigíamos un par de kilómetros hasta topar con la unión del río Salado y el río Bravo, justo ahí papá nos ayudaba a colocar 5 líneas, ahora con anzuelos del numero 5, y pedazos grandes de cuchillas y mojarras como carnada, en busca de peces como catanes o bagres.

Al otro día, tan pronto amanecía, montando la cuatrimoto salíamos a revisar las líneas, en muchas ocasiones las líneas se encontraban vacías o con peces pequeños, pero imposible olvidar aquella ocasión, al revisar la tercera línea, papá soltó un grito cargado de alegría y desesperación, después de invertir casi media hora para cansar a un bagre de 25 kilos y terminar con las manos enrojecidas por el roce del sedal.

Antes de poner al pez en tierra firme, la cara de asombro de todos al llegar al campamento con el pez amarrado a la parrilla delantera fue aun mayúscula y para el mediodía, la carne de tan grande pez fue convertida en suculentos chicharrones.

Bastó para saciar el hambre de al menos 10 adultos y 8 chiquillos, así es como recuerdo las festividades de Pascua, siempre en compañía de amigos y familiares en el campo.

¡Cuéntame tu historia, tú ya conoces la mía! viajesdepesca@hotmail.com.






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