14/04/2017

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De política y cosas peores

Tiempo propicio de reflexión


Catón

Por esta sola vez, y sin que el caso siente precedente, hoy no hablaré de política en esta columnejilla. Tampoco escribiré de cosas peores. Y es que de vez en cuando todos debemos dejar los caminos trillados e ir por veredas poco holladas -“the road less traveled”- que nos conduzcan a sitios dentro de nosotros mismos que raras veces tenemos ocasión de visitar. Eso es lo que este día me propongo hacer. Lo que mis cuatro lectores suelen leer aquí pertenece a la cotidianidad. Su autor se ocupa de temas que apenas si rozan la superficie de las cosas. Lo hace quizá para conjurar con una sonrisa vacilante los oscuros temores de la vida, que son los mismos que los hombres de todos los tiempos han sentido. Vivimos, no lo podemos olvidar, en este “valle de lágrimas” en el cual existen la muerte, el sufrimiento, el dolor, la soledad; males todos que son inherentes a la naturaleza humana y de los cuales no podemos escapar. Nadie debe preguntar si le caerá o no algún hachazo de eso que llaman el destino: pregunte sólo cuándo y cómo le caerá. Llegamos en estado de orfandad a este mundo; vacíos de todo; y aun si poseemos la mayor fortuna nuestra indigencia de lo esencial nos acompañará hasta el fin. Lo dijo Cervantes, español, y por tanto realista (lo mismo pudo decir un escritor francés, o italiano, o húngaro, o inglés, o mexicano, o chino): “Desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo ni gano”. Los días cuaresmales, sobre todo el viernes llamado ‘santo’, eran en otro tiempo propicios a la reflexión. Y una que los cristianos siempre hacían era que el dolor del hombre, su soledad, sus sufrimientos y su muerte quedaron ennoblecidos cuando Dios se hizo Hombre y sufrió igual que los humanos; sintió su soledad, padeció sus dolores y murió su misma muerte. Sobre Dios hecho hombre cayeron también los hachazos del vivir. No es Cristo, por lo tanto, el dios del Olimpo o del Nirvana; no es el dios de un remoto paraíso. Es el Dios-Hombre atormentado, dolorido, solo y al final muerto. Muerto, pero después resucitado. En eso radica el centro más central de la fe de los cristianos. “Si no creemos que Cristo resucitó vana es nuestra fe”. Por eso lo que sucedió el viernes de Pasión, aunque decirlo parezca desmesura, es sólo un incidente. La muerte en la cruz, en la que algunos teólogos ponen toda su teología, no fue más que un episodio pasajero, la forma que Dios halló para asemejarse a los hombres en la muerte. En mi liturgia personal (que no sé si coincide con la de de la Iglesia) la fiesta máxima del año -junto con la de Navidad- es la de la Resurrección. Y lo es porque estoy convencido de que si Dios compartió con nosotros su muerte nosotros compartiremos con él su Resurrección. De ese convencimiento me brota una esperanza en medio del temor a los hachazos. Existen, es cierto, el dolor y la soledad, el sufrimiento y la muerte. Pero existen también la alegría, el amor y la felicidad. Existe, sobre todo, la vida, siempre resucitada. Y existimos nosotros, resucitados siempre aunque no sepamos cómo. En eso radica el gozo del cristiano; en eso reside su esperanza; en eso se finca su fe... Pensé decir todas esas cosas en este día que sólo es de muerte para poder luego ser de vida. Sintamos su tristeza, pues la tristeza es parte de la existencia humana, pero alegrémonos con la promesa que se cumplirá. Regresaré mañana a lo de cada día, a lo de todos los días: a contar cuentos, lo cual es también quehacer humano; a predicar gozosamente en el desierto (mucho me sorprendería que alguien me escuchara y me tomara en cuenta); a hacer malabarismos con palabras. Pero eso será mañana. Y -como decía don Mariano, mi padre- mañana será otro día... FIN.



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