12/05/2017

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De política y cosas peores

Cuatro errores de la Creación


Catón

Légida, hermosa chica, era dueña de un par de extremidades inferiores verdaderamente superiores. La conoció Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, y le dijo con tono salaz y admirativo: “¡Hermosas piernas! ¿A qué horas abren?”... En la clase de Biblia el padre Arsilio le pidió a Facilda Lasestas, una de sus feligresas, que le dijera la diferencia que hay entre adulterio y fornicación. Respondió ella: “Yo he hecho las dos cosas, padre, y créame que no encuentro ninguna diferencia entre ellas”... Me habría gustado conocer a don Simón Arocha, inolvidable y querido personaje del norte de mi natal Coahuila. Hombre de genio y extraordinario ingenio, tenía ocurrencias que dejaron memoria perdurable. Era dueño de un rancho al cual bautizó con sonoroso nombre: Piedras de Lumbre. La denominación era acertada. Jamás llovía ahí. Parecía que el tal rancho estuviese techado en toda su extensión. Reinaba en él calor de infierno. Las lagartijas, para refrescarse, se metían en los mofles de los camiones que pasaban. Pues bien: decía don Simón Arocha que el buen Dios, a pesar de su sabiduría omnisciente, había cometido cuatro errores sumamente graves. El primero era el que a él le dolía más. ¿Cómo era posible, preguntaba con enojo, que lloviera en el mar y no lloviera nunca en Piedras de Lumbre? El segundo error consistía en que el Señor nos colocó el chamorro en la parte de atrás de la pierna. ¡Qué yerro tan mayúsculo! Si nos lo hubiese puesto por delante nos habríamos evitado esos dolorosos golpes que a veces nos damos en las espinillas. Puesto atrás, hacía notar don Simón, el chamorro para lo único que sirve es para que nos muerdan los perros. El tercer error era igualmente grave. A los hombres, con los años, se nos caen los dientes. Y los dientes siempre sirven. Debería caérsenos otra cosa que en la vejez ya no la necesitamos. Y el cuarto error era que Diosito no nos puso un ojo en la punta del dedo índice de la mano derecha. ¡Cuán útil nos habría sido ese tercer ojo! En la misa, al echar la mano al bolsillo para sacar la moneda de la limosna, sacaríamos la moneda de 20 centavos en vez de sacar por equivocación la de un peso. Y en los desfiles, aunque llegáramos tarde, podríamos verlo todo desde atrás con solo levantar la mano. Yo también quisiera tener ese ojo extra. Si lo tuviera adelantaría el dedo y trataría de avizorar lo que sucederá el próximo año. La elección de Presidente de la República será crucial. Habrá por lo menos cuatro caminos, y no sabremos cuál de los cuatro será el mejor. De nuestro voto dependerá el rumbo que tomará la República. ¿Qué rumbo será ése? ¡Quién pudiera mirar el futuro con aquel tercer ojo cuya falta extrañaba don Simón Arocha!... Himenia Camafría, madura señorita soltera, siguió la tradición atribuida a las cotorronas y se compró un cotorro. Invitó a su amiguita Solicia Sinpitier, célibe como ella, a que lo conociera. Lo vio la visitante y dijo: “No es cotorro. Es cotorra”. Le hizo saber la señorita Himenia: “El hombre que me lo vendió me dijo que es cotorro”. “Es cotorra, te digo -insistió Solicia-. Los cotorros tienen el plumaje de color más vivo”. “Estoy segura de que es cotorro” -iteró la señorita Camafría. “No -negó Solicia, imperativa-. Es cotorra”. Y así diciendo se dio la media vuelta para dar por terminada la argumentación. En eso la llamó la señorita Himenia: “¡Solicia! ¡Tenía yo razón! ¡Es cotorro, no cotorra!”. Preguntó la Sinpitier: “¿Cómo lo sabes?”. Explicó la señorita Camafría: “Porque lo oí decir: ‘Este par de viejas ya me tienen hasta los cojones’”... FIN.



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