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De política y cosas peores

Plaza de Almas


Catón

¿Recuerdas aquel dicho que dice: “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”? Pues aquí tienes otro: “Ladrón que roba a ladrona, Dios lo perdona”. Tenía yo 20 años cuando conocí a esa mujer, si conocerla es haberme acostado con ella una sola vez. Por aquel tiempo estudiaba yo en la Ciudad de México. Eso de estudiar es un decir: me la pasaba de prángana -¿se usará todavía esa palabra?- vagando por las calles del centro y ocupado en efímeros noviazgos con las meseritas de los cafés de chinos. Eso sí: era un prángana culto. Con el poco dinero que me sobraba de mi mesada de estudiante compraba libros; iba al teatro, y aun en ocasiones asistía a un concierto en Bellas Artes. La gloria. Cada mes, el mismo día que recibía y cobraba el giro telegráfico que mi padre me enviaba, me daba un lujo de rico que me compensaba por los días de miseria en la mísera casa de asistencias donde sobrevivía, cuya dueña nos asestaba a modo de comida espantosos pistrajes que sólo ella sabía qué demonios eran, a los que designaba con nombres inventados por ella misma: “chispitas de huevo”; “pote castellano”; “escabeche real”. ¿En qué consistía el lujo que te digo? En tomarme una copa, vestido con mi ropa mejor, en el bar del Hotel del Prado. Pedía un jaibol, entonces la bebida más de moda, y lo bebía con lentitud para alargar lo más posible mi estancia en aquel sitio que para mí era el súmmum de la elegancia capitalina. Ahí conocí a esa mujer. Me vio pagar la copa con un billete de 100 pesos, y pensó seguramente que yo era un junior con dinero. “¿Me invitas una copa o te la invito?” -me dijo recitando la canción de José Alfredo. “Te la invito” -respondí. Ya tenía yo algo de mundo, no por las meseritas, claro, sino por los libros, que entre otras muchas cosas te enseñan a no ser, cuando estás en compañía de otros, el mismo que eres cuando estás tú solo. Me preguntó dónde vivía. Le dije que en Las Lomas. “Y ¿qué haces?”. “Estudio en la Universidad”. “Tu papá ¿a qué se dedica?”. “Es político”. Dos copas más y me pidió que la acompañara a su departamento. “Está aquí cerca. Ahí seguiremos la conversación”. Ya no hubo conversación ahí, me entenderás. A los 20 años lo que menos quieres cuando estás con una mujer es conversar. Le hice el amor con más lentitud aún que aquella con la que me tomaba el jaibol. Y se lo hice diestramente, créeme. Eso no lo aprendí en los libros: entre las muchas cosas que los libros no te enseñan está ésa. Lo aprendí con las meseritas de los cafés de chinos. Quedó bien satisfecha. Lo sé porque después de fumarse un cigarro y tomarse otra copa se me acercó de nuevo en busca de mi juventud. La encontró otra vez. Luego nos quedamos dormidos. O me quedé dormido yo, y ella fingió dormir. No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí que se levantaba, y en la penumbra de la habitación vi cómo sacaba los billetes de mi cartera y los ponía en su bolso. Luego volvió a meterse en la cama. A poco dormía profundamente, a juzgar por sus ronquidos. No sabía yo que una mujer pudiera roncar tan fuerte. Me levanté quedamente, me vestí en silencio y salí del departamento sin hacer ningún ruido. Tampoco lo hice cuando saqué el dinero del bolso. Tomé un taxi y regresé a mi casa. Lo primero fue ver si estaban completos los 200 pesos que me habían quedado. Estaban. Y estaban también cerca de 2 mil pesos más. En su bolso llevaba siempre la mujer el dinero que conseguía con su cuerpo y con sus manos, y que yo conseguí con mi buena suerte y sus ronquidos. Cogí de gratis, pues, y salí rico. ¿Verdad, sobrino, que tu tío Felipe es hombre afortunado?... FIN.



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