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Comala 2017


Guadalupe Loaeza

Los habitantes muertos en vida, de Comala de Juan Rulfo, creían en el infierno. También creían en el pecado y en la culpa.

Mucho se ha comparado a Comala con el infierno, el infierno de Dante, y ahora, podríamos decir, el infierno en que se ha convertido nuestro país para muchos periodistas por el “pecado” de hablar del crimen organizado.

Todavía no han pasado ni dos meses del asesinato de Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, del cual aún no hay detenidos, cuando nos enteramos con horror de la violenta muerte de Javier Valdez, corresponsal de La Jornada, en Culiacán.

Respecto al homicidio de Miroslava, Valdez escribió en su cuenta de Twitter: “A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si ésa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio”. A Javier Valdez, de 50 años, lo asesinaron en pleno día. En el lugar quedaron 12 casquillos. Murió con su sombrero puesto.

México es un infierno para los periodistas. Como dice la CNDH: “Ser periodista en México parece más una sentencia a muerte que una profesión”.

México es Comala donde deambulan como alma en pena, en lo que va de 2017, siete periodistas acribillados, junto con los 11 que mataron en 2016, incluyendo los 17 del periodo de Duarte en Veracruz. Según la CNDH, en total, son 126 los periodistas asesinados desde el 2000.

Javier Valdez era un periodista valiente, muy apasionado, pero sobre todo comprometido con su oficio. No en balde, en 2011, recibió un reconocimiento de la Universidad de Columbia, en Nueva York, por su labor “heroica”.

La misma organización que entrega el Premio Pulitzer les otorgó, a él y a sus compañeros del semanario Ríodoce, el Premio María Moors Cabot por su excelencia en la cobertura en América Latina. Además del Premio Internacional de la Libertad de Prensa que le otorgó, también en 2011, el Comité para la Protección de los Periodistas, “en homenaje a su valentía y su periodismo sin concesiones ante las amenazas”, declaró Joel Simon, director ejecutivo del CPJ.

“Su pérdida es un duro golpe para el periodismo y la sociedad mexicanos, quienes ven cómo la sombra del silencio se extiende por todo el país”. Su obra - “Miss Narco”, “Los Morros del Narco”, “Levantones: Historias Reales de Desaparecidos y Víctimas del Narco”, “Con una Granada en la Boca”, “Huérfanos del Narco” y “Narcoperiodismo”- deja testimonio del mismo horror que lo mató.

Javier siempre estuvo consciente que arriesgaba su vida. A pesar de lo que le significaba escribir sobre el narco, jamás se dejó intimidar por las amenazas que recibía por las verdades y denuncias de su columna “Malayerba”.

Decía que le tenía más miedo al Gobierno que a los narcos. Al Gobierno lo encontraba subordinado, omiso o indiferente ante el crimen organizado.

En relación a lo anterior y evocando de nuevo al autor de “El Llano en llamas” y “Pedro Páramo”, Juan Rulfo, de quien se acaban de celebrar los 100 años de su nacimiento, no podemos dejar de recordar un fragmento de su cuento “Luvina”, que describe “un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros... Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza, donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara”.

“-¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?”. “Les dije que sí”.

- “También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno”. “Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre”.

En estos momentos los señores del Gobierno están muy ocupados y preocupados por las elecciones del Estado de México. Un periodista más asesinado los tiene sin cuidado, no obstante, la condena internacional es contundente.

Susana San Juan, la pasión frustrada de Pedro Páramo, el cacique de Comala que podía comprar todo menos su amor, creía en el infierno. Javier Valdez también hablaba del infierno que vivía a diario como periodista en Sinaloa.

“-¿Tú crees en el infierno, Justina?”, quien la cuida noche y día. “Sí, Susana. Y también en el cielo”. “Yo sólo creo en el infierno -dijo. Y cerró los ojos”. Javier Valdez, asimismo, cerró para siempre los ojos por el pecado de haber denunciado el infierno.

gloaezatovar@yahoo.com




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