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Pellejo de Esperanza


Denise Dresser

Estas palabras son un homenaje póstumo. Un grito de rabia. Un manotazo de frustración. Un reconocimiento a los periodistas exiliados, escondidos, desaparecidos, asesinados, golpeados, atemorizados. Los que -como Javier Valdez- han ido por la vida “pariendo historias” a pesar de la censura y los cañones oscuros. Los que terminan como él, abatido por doce balazos, tirado en la calle, al lado de su sombrero ensangrentado.

Los héroes verdaderos, animados por la insumisión, con el sueño quebrado pero vigente de hacer de México un país mejor. Los que hacen periodismo y punto. A pesar del miedo, a pesar de las mordazas metafóricas y reales, a pesar del olor a sangre que los persigue dondequiera que van. Hoy va una caravana, un puño alzado, un canto a ellos a pesar de las punzadas en el pecho.

Aquellos al acecho permanente en la casa que habitan, el periódico donde trabajan, la ciudad y el país donde viven. Y aun así, como escribió Javier en “Narcoperiodismo”: la prensa en medio del crimen y la denuncia, se sientan frente al teclado y le dicen y se dicen: “ándale cabrón, no te agüites, digamos lo que sabemos”.

El fotógrafo que corre, tropieza, se cae, y aún así carga con la cámara, la abraza, sabiendo que la policía está cerca. Y también los matones, los golpeadores, los sicarios, los perros, las hienas del presidente municipal o del gobernador. El reportero acibillado por publicar lo que no debería. La reportera asesinada por incómoda, por estorbosa, por entrometida. La corrupción de Javier Duarte o el escándalo de OHL o la podredumbre de Odebrecht o los malos manejos del erario o la alianza entre narcos y mandatarios. Historias del horror, historias de la impunidad. Historias del México nuestro, maltrecho. Malherido. Roto.

Cada vez son más los periodistas silenciados. Cada vez se hace más presente el puñetazo artero a los que buscan la verdad. Y no es sólo el narco el que ha masticado con rabia a los representantes del “cuarto poder”. No es sólo un líder que da la orden de ejecución, de exterminio, el levantón para que alguien deje de escribir, indagar, investigar. También hacen su tarea los políticos. La policía. La delincuencia organizada coludida con funcionarios gubernamentales y miembros de las fuerzas armadas y dueños de los medios.

El poder político mata en Veracruz, en Jalisco, en Tamaulipas, en Guerrero, en Sinaloa, en los pantanos repletos del cocodrilos.

Mientras tanto, Peña Nieto y quienes todavía lo acompañan, indolentes ante lo que ocurre. Evidenciando con su tardanza y su torpeza la tragedia de la cual todos hemos sido corresponsables al permitir que México se volviera un país ensangrentado. Un país de cadáveres en las calles, niños muertos durante la persecución de militares tras halcones, olor a carne quemada, a caballos muertos. México, panteón.

Este tiempo será recordado por nuestros jóvenes - en palabras de Javier - como un tiempo de guerra. El ADN de nuestros hijos estará “tatuado con balas y pistolas y sangre”; con las armas que portamos para matar el mañana. Ahí siguen, los asesinos del futuro: quienes apoyaron y apoyan el belicismo de Calderón, el mimetismo de Peña Nieto, la estrategia fallida de seguridad, la Ley de Seguridad Interior, el pacto de impunidad del que gozan los sicarios sexenales. No más.

Va entonces un reclamo a la sociedad que no acompaña a sus periodistas como debería. Una sociedad pasiva que no se indigna y no se moviliza y no reclama como sería necesario para proteger a los que trabajan creando un poco de conciencia, un recoveco de sensibilidad en los ojos y en el alma. Una sociedad anestesiada que no honra a quienes reportean desde el abismo y mantienen vivo un pedazo de voz, despiertos frente a las teclas. Va entonces un tribute tardío a las manos temblorosas, pero vivas que señalan el silencio obligado. A los periodistas que nos recuerdan con su trabajo el dictum de Javier Valdez: “Dejar de escribir sería morir”.

Él ha dejado de hacerlo, pero en su nombre, su oficio debe seguir. La tarea de redactar la verdad, desnudar el discurso oficial, evidenciar el mitin, fotografiar la compra del voto. Javier y Miroslava y Rubén y Gregorio y tantos nombres más. He aquí la promesa de que no se apagará la garganta de la noche; he aquí el compromiso de aferrarnos a eso que ustedes dejan tras de sí. Un pellejo de esperanza. Sí.




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