27/05/2017

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PRO Inclusión

Amando la diversidad


Martha Luján

Haciendo alto en un semáforo una calurosa tarde de mayo, noté un árbol grande, con unas hojas hermosas muy peculiares. Tenía unas flores entre anaranjadas y rojas que me cautivó. No sabía ni cómo se llamaba, no pude ni tomar una foto para googlearla porque ya me tocaba avanzar. Llegué a mi casa con la encomienda de saber su nombre. Alguien me dijo que quizá era un framboyán.

Yo, que no sé ABSOLUTAMENTE nada de plantas ni vegetación, me sorprendí al saber que es un árbol típico de Madagascar que se da fácilmente en climas tropicales. Y entonces: ¿Cómo lo encontré yo en Nuevo Laredo? Vaya… supuse que eso era una casual rareza.

Después de reconocerme “fan” de los framboyanes, rápidamente encontré que era una agradable actividad ir buscándolos mientras iba de un lado a otro en el coche. Primero pensé que como nunca los había notado, prácticamente ellos no existían. También me convencí de que si estaban ahí serían pocos (muy pocos). ¿Cómo era que siendo tan bonitos yo no los hubiese notado antes? No pude haber estado tan distraída por tantos años. ¿O sí?

El caso es que yo, enamorada de su colorido y sin poner mucha atención donde estaban, empecé a encontrarlos en todas partes. He de haber puesto en crisis a mi esposo más de una vez, al decir incontables veces: ¡Ahí! ¡Mira ahí, otro ahí!... y él siguiendo mi juego, señalaba los que por distracción se escondían para mí, entre los coches o las personas.

La reflexión sobre estos árboles hermosos, me llevó a otra idea. ¿Y si así pasa con la diversidad? ¿Y si, por ejemplo, cuando nos llega la discapacidad y nos sorprende terminamos descubriendo que es mucho más frecuente (y hermosa) de lo que jamás imaginamos?

En mi familia desde mucho tiempo antes de que llegara Rafael, mi hijo con síndrome de Down, ya conocíamos de cerca la “excepcionalidad” de la diversidad funcional. Esto de ninguna manera significó que no nos sintiéramos afectados (al principio negativamente he de confesarlo y después de manera muy positiva) por la “noticia” de su condición, digamos que ya sabíamos que en la vida, a veces podía tocarnos el amar a una persona con discapacidad.

Pero en la familia de Rafael/papá, no habían considerado nunca les “fuera a tocar” no porque no supieran que era posible, no porque no quisieran. Simplemente porque no habían visto que para todos (incluidos ellos) era una posibilidad real y que muchas (muchísimas) familias en el mundo somos llamadas a vivir la diversidad desde la forma de la discapacidad.

Así, como los framboyanes un día llegaron a mis ojos… y los noté… y me enamoré de ellos, así un día una persona con discapacidad puede “revelarse” en tu vida. Y llegar, en forma de hijo, sobrino, nieto, amigo o como sea… y quizá tú que has caminado distraído por 30, 40 o más años sin notar su presencia, creyendo que ellos eran raros/excepcionales/improbables… ese día dirás: ¡Vaya… aquí estás! Y cuando los veas de cerca es posible que te fascine su mirada, su simplicidad, su energía interminable o su paz.

Quizá cuando los descubras también te des cuenta que muchos más a tu lado vivimos felices con ellos, y vencemos obstáculos diariamente y saboreamos retos sencillos que para gente común pueden resultar insignificantes, pero para nosotros son grandes luchas ganadas. Y cuando te des cuenta, ya estarás enamorado y los notarás aunque nadie te diga dónde están… y aunque otros vayan distraídos querrás que se perfumen los ojos con sus sonrisas. Y por amor también tú dirás: ¡Ahí está! ¡Él está!

Espero de corazón que cuando nos llegue la diversidad (en forma de árbol, o de persona o como llegue) podamos reconocerla y amarla y respetarla siempre.




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