26/06/2017

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PRO Inclusión

El monstruo del odio que no merecemos


Martha Luján

Diariamente las personas por trivialidades o “grandes conflictos” nos declaramos la guerra unas a otras. Con tu vecina, tu hermana o la maestra del colegio de tu hijo, tenemos tantos problemas que terminamos hablando mal de ellas, criticando -a veces hasta escribiendo con terceros mis juicios sobre ellas-, tratando de descalificar o disminuirlas ante los ojos de los demás.

Es posible que también hayamos estado del otro lado, donde nos hemos sentido atacadas o atacados por alguien -cercano o lejano- que aprovechando alguna vulnerabilidad busca hacernos sentir menos, lastimarnos o dañarnos.

No nos asusta ni sorprende saber que familias, amistades y relaciones han quedado en nada, después de atravesar una crisis violenta de conflicto. Y a pesar de que sabemos lo frecuente que es, y de las heridas profundas que dejan en la vida de quienes lo viven, seguimos sin saber identificar la raíz generadora de problemas; pocos desarrollamos habilidades de diálogo y resolución pacífica de conflictos que nos permitan coexistir respetándonos y siendo justos e incluyentes con todas las personas.

A veces se nos olvida que el odio y la violencia también pueden entrar en nuestras casas vía online. Cuando el monstruo toca la pantalla, la violencia puede leerse de muchas formas. Con frases o discursos rudos, mordaces y ásperos que quieren herir a otros quienes habitamos el ciberespacio.

Si abrimos la computadora, te aseguro que no tardaríamos mucho en encontrar los llamados “discursos de odio”, esos mensajes que están por todas partes, queriendo promover o alentar dogmas cargados de discriminación, para atentar contra una persona o grupo de individuos.

Estos mensajes están más cerca de nosotros de lo que te imaginas. Si ponemos atención a los “comentarios” en sitios de “bloggers”, o a las respuestas de algunos de tus amigos a las “bromas o memes” que se publican, a los “coments” de las notas en revistas o periódicos, etc., encontraremos mucho resentimiento, odio y discriminación.

Si prestáramos atención y no los justificáramos quizá empezaríamos a hacer algo para que dejaran de lastimar a los demás. Si creyéramos que somos responsables de lo que decimos y de lo que callamos quizá las cosas pasaran diferente.

En lo personal, me he asustado muchas veces por leer comentarios hirientes -de amigos, conocidos y desconocidos- hacia el colectivo de personas con discapacidad, defensores de derechos humanos o de “feministas” como yo.

Cuando hablamos de mensajes de odio, tendría que haber un capítulo aparte para los que descaradamente llegan a tu “buzón electrónico” con discursos de discriminación y violencia… esos que después de leerlos te dejan un sabor amargo y miedo profundo en tu corazón.

Hace como 4 años, asistí a una marcha local en la que participé para apoyar a la comunidad LGBTI+. Era la primera vez que iba y lo hice al lado de mi hijo que en ese entonces tenía7 meses de edad. Llegué a mi casa orgullosa de haber caminado al lado de personas que -como yo- creían que el mundo debía ser construido desde la tolerancia y la diversidad.

Después de publicar algunas fotos de la marcha, encontré en mi buzón algunos mensajes verdaderamente violentos, cargados de prejuicios en mi contra. Esos mensajes “los merecía” por participar y apoyar la causa de la comunidad gay, por llevar a mi hijo, por querer un mundo de derechos para todos, por creer que ellos son personas iguales a mí. ¡Me asusté!

Si eso tenía yo que vivir por apoyar a un colectivo oprimido, ¿qué tendrán que vivir ellos, desde el interior de esta comunidad, para defender su derecho de existir y de amar?

Dos años después, asistí con un grupo de amigas a visitar algunas escuelas para hablar sobre violencia contra las mujeres. Nuevamente en el buzón electrónico de nuestro foro, leí un mensaje ofensivo y violento contra nosotras: por ser feas y “feminazis”. Recuerdo haberme preguntado en esa ocasión ¿este es el precio que tenemos que pagar por ayudar en la construcción de un mundo más tolerante, incluyente y pacífico, donde todas las personas gocemos de los mismos derechos?

¡No es momento de parar! Hay muchos monstruos fuera que se están alimentando unos a otros. De alguna forma tenemos que seguir sin miedo adelante. ¡No podemos parar!

Ya no me importa recibir mensajes provocadores y violentos. Sin embargo, cada día me importa más seguir hablando sobre la diversidad, la paz y la inclusión. Porque todas las personas somos vulnerables a sufrir en la vida la violencia –incluso a través del ciberespacio- por lo que hacemos, creemos o somos. Por ser mujer, lesbiana o gay; por ser moreno, extranjera o joven; por ser divorciada, madre soltera, o por tener alguna discapacidad… incluso sólo por marchar.

PD: cuando esta nota se publique yo habré marchado como cada año al lado de mi hijo y de muchas otras personas más, en apoyo a la comunidad LGBTI+.

Felicidades a todas las personas que habrán caminado con nosotros por defender juntas el derecho a la diversidad.



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