08/07/2017

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Bitácora republicana

Nuestro gentilicio: ¿mexicas?


Porfirio Muñoz Ledo

Desde los trabajos de redacción del proyecto de Constitución de la Ciudad de México, nos planteamos cuál sería el gentilicio de los habitantes de esta entidad, que alcanzaron el ejercicio de su soberanía gracias a la reforma del artículo 41 de la Constitución Federal, que cambió nuestro nombre y recuperó en plenitud su pasado histórico.

Con frecuencia recibo preguntas al respecto y el asunto ha tomado un intenso relieve en las redes sociales. La interrogante no es menor, ya que incide en la identidad de un pueblo y la tradición a la que se adscribe.

En general el topónimo -esto es el nombre del lugar donde reside la población- es la clave para adoptar su gentilicio, aunque no dejen de existir expresiones más coloquiales para designarlo. Es claro que no podemos seguirnos nombrando “defeños” por la simple razón de que el Distrito Federal ya desapareció y tal modificación fue el objetivo primordial de nuestros empeños por dotarnos de una Constitución.

Respecto del apelativo “chilango” ha sido más un apodo que un gentilicio, que terminamos asumiendo por el carácter amorfo de nuestro estatuto político-jurídico. Tiene además una vertiente peyorativa derivada del centralismo ancestral. De ahí la expresión provinciana: “haz patria, mata un chilango”, que estuvo en boga durante mucho tiempo.

La expresión “capitalino”, que goza de muchos adeptos, se antoja imprecisa por la existencia de numerosas capitales en los estados de la Unión. Resulta además contradictorio con el propósito de otorgar de cabal autonomía a la ciudad, ya que nunca estuvo a discusión nuestro carácter de capital del país, sino la recuperación de una personalidad propia que nos había sido negada en las constituciones republicanas. La coexistencia de soberanías en un mismo territorio.

El vocablo “mexiqueño”, registrado por la Real Academia, no permeó en la población por ser confuso en relación a quienes viven en el Estado de México, que han adoptado ya la expresión reconocida de “mexiquenses”.

Algunos han vuelto a sugerir la expresión “anahuaquenses”, que hubiera sido obligada en caso de convertirnos en el Estado 32 o Estado de Anáhuac, lo que no ocurrió. La palabra “azteca” se relaciona con el poderío náhuatl en Mesoamérica y a nivel universal se ha consolidado como una expresión que designa supletoriamente a todos los mexicanos.

El dilema, no ajeno a otras grandes civilizaciones, es que coincide el nombre de una capital histórica con el del Estado-Nación que se gestó a partir de la irradiación de su influencia.

He propuesto abrir el debate sobre la idoneidad de llamarnos “mexicas”. Pudiendo pronunciarse el gentilicio en las distintas formas de pronunciar la x que conviven en el país: con el sonido sh como hablamos xoloitzcuintle; con el de s como nos referimos a Xóchitl; con el de j con el que pronunciamos el nombre de nuestro país; y el sonido cs más bien corresponde a versiones en lenguas extranjeras. El uso de estos fonemas sería una forma de autoadscripción.

Recordemos que la Constitución de nuestra ciudad es la única que comienza por una frase en náhuatl, idioma de los vencidos y no de los vencedores, lo que contiene una carga ideológica fundamental. Cuando Morelos negó en 1814 el derecho de conquista, sus impugnadores le interrogaron ¿de dónde viene entonces nuestra legitimidad, sino de la corona de España? A lo que éste respondió: posiblemente de Guatimozín, gobernante de un pueblo libre. Por añadidura nuestra Constitución es refundacional y reconoce una amplia gama de derechos a los pueblos originarios y comunidades indígenas, siendo en este aspecto la más avanzada del mundo como lo ha proclamado la ONU.

Hay quienes se oponen a la recuperación de nuestros orígenes y a la expresión viva de nuestra diversidad en aras de una supuesta “modernidad”. Nada más falso. Rememoro la invitación del gobierno de la India para visitar sus centros de alta tecnología y el llamado de los dirigentes de ese país a que encabezásemos una suerte de confederación de culturas antiguas: la simbiosis entre la tradición y la innovación.

Un poeta clásico afirmó que mientras más profunda es la raíz, más frondoso es el árbol.




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