09/07/2017

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De política y cosas peores

Paracaídas y condón


Catón

Un joven marido le comentó a su doctor que en ocasiones tenía problemas para hacerle el amor a su mujer. (A la del joven marido, digo, no a la del doctor). El médico le recetó unas pastillas potenciadoras de la libido. Esa misma noche el muchacho llamó por teléfono al facultativo y le dijo, feliz: “¡Doctor! ¡Las pastillas que me recomendó son fantásticas! ¡Tres veces seguidas!”. “Me alegra saber eso -respondió el galeno-. Tu esposa debe estar muy satisfecha”. Manifestó el muchacho: “Ella todavía no llega del trabajo”... La maestra se esforzaba en explicar a sus pequeños alumnos el concepto de términos opuestos. Les puso como ejemplos las expresiones “bien y mal”, “luz y oscuridad”. Enseguida les pidió que propusieran ellos otros ejemplos semejantes. Rosilita dijo: “Alto y bajo”. Juanilito sugirió: “Caro y barato”. Pepito levantó la mano y dijo: “Paracaídas y condón”. La singular propuesta llamó la atención de la mentora. Le preguntó al chiquillo: “¿Por qué piensas que paracaídas y condón son términos opuestos?”. Razonó Pepito: “Si un paracaídas falla se acaba una vida. Si falla un condón empieza otra”... Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, fue al cine y vio un asiento vacío junto a un hombre. Le preguntó al sujeto: “¿Está ocupado?”. “No, señora” -respondió él. Le dijo la empingorotada mujer: “Entones vaya a traerme unas palomitas y un refresco”... Don Algón, ejecutivo empresarial, amaneció con una gran sonrisa. Le contó a su esposa: “Tuve un hermoso sueño. Soñé que había inventado el sexo, y todos tenían que pagarme regalías”. (Juan Verdaguer, gran comediante, decía que el invento que ha producido más ingresos es la cama. Explicaba: “Millones se han hecho en ese invento”)... El Primer Ministro del reino salió de la cámara privada del Príncipe Azul. Llevaba un cojín, y sobre él un brassiére copa D. Les explicó a sus asombrados ayudantes: “Tendremos que probárselo a todas las doncellas del reino. Dice el Príncipe que es su nueva versión del cuento de la Cenicienta”... Doña Macalota, esposa de don Chinguetas, relató en la merienda de los jueves: “Mi marido debe viajar mucho con motivo de su trabajo. Solamente está en casa un día de la semana”. Comentó una de las señoras asistentes: “Eso debe ser muy difícil para ti”. “Ni tanto -contestó doña Macalota-. Un día como quiera se pasa”... Aquel soldado llevaba ya un año en Europa. Finalmente obtuvo el ansiado permiso para ir a Estados Unidos a pasar unos días con su pareja. Ella lo recibió en el aeropuerto y de inmediato se dirigieron al hotel más cercano. En la madrugada, después de las intensas expansiones de rigor, dormían los dos profundamente cuando un ebrio que se equivocó de cuarto llamó con grandes golpes a la puerta de la habitación. Despertó el soldado, y adormilado exclamó: “¡Santo cielo! ¡Tu marido!”. “¿Mi marido? -respondió la esposa-. ¿Cómo que mi marido? ¡Él está en Europa!”... El cuento que cierra hoy el telón de esta columnejilla es al mismo tiempo de subido color y de mal gusto. Habría merecido un severo réspice tanto de doña Tebaida Tridua, censora de la pública moral, como de la señora Vanderbilt, árbitra de las buenas maneras. Las personas de buen gusto y moralidad estricta deben suspender en este mismo punto la lectura y saltarse hasta donde dice FIN... Una señora se presentó a la consulta del doctor Wetnose, reputado ginecólogo, y le dijo: “Vengo a que me saque un diente”. Aclaró el facultativo: “Soy ginecólogo, no odontólogo”. “Precisamente -replicó la mujer-. El diente pertenece a mi marido, y se quedó en el área de su especialidad” (No le entendí)... FIN.



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