09/07/2017

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PRO Inclusión

Desde el otro lado


Martha Luján

Cuando hablé con ella me hizo acordarme mucho de mí.

Empecé la conversación telefónica diciéndole: “Felicidades”.  Pero ella, aunque acababa de ser mamá, no estaba feliz.  Estaba pasándola mal. Se oía en su voz, se sentía en su ánimo. Su tristeza y desconsuelo provenían de tres palabras: “Síndrome de Down”. Lo primero que me contó es que una semana antes cuando entró a quirófano para que naciera su bebé, todo estaba bien. Su embarazo, sus ecosonogramas y las consultas, todo habían sido siempre perfecto. Nadie le había hablado nunca de síndromes, ni de cardiopatías o cosas de esas de las que por miedos y prejuicios ni las embarazadas (ni nadie) quisiéramos oír en ningún momento de nuestras vidas.

Para ella, la sorpresa llegó casi al mismo tiempo que el llanto de su bebé. Con gran aflicción al momento del nacimiento, las enfermeras callaron, el doctor calló. Nadie dijo:

¡Felicidades! ¡Todo está bien! Ella supo desde ese momento que algo había pasado. Lo intuyó. Cuando el pediatra le entregó a su hija y le dijo un insensible y desafortunado: “Lo siento mucho. Tiene síndrome de Down”. Ella ya lo sabía.

Desde entonces no había parado de llorar. Se comunicaron conmigo desde lejos para buscar apoyo porque decían sus familiares que literalmente: no podía comer, ni dormir ni pensar en nada que no fuera dolor y discapacidad. Después de escucharla llorar y hablarme del terrible conflicto entre querer a su hija pero no querer la condición con la que había nacido, le dije que yo me había sentido igual. Asustada, desconsolada. Sacudida por la agitación de la idea de ser ahora madre de un hijo con “síndrome de Down”.

Igual que ella ahora, yo había recurrido a otra mamá que me acompañó en esos momentos de confusión al enterarme de la condición de mi hijo Rafael. La maestra Elizabeth en la Cd. de México, me había  ayudado -también por teléfono- a hablar … a llorar… a perdonar. La maestra, como mamá y como presidenta de una asociación civil con presencia nacional, había acompañado ya,  a muchas otras como yo.

Y se sentía. Me dio ánimos y fuerza para descubrir que el amor no tiene que ver con los cromosomas ni con la condición neurológica, ni con nada. Elizabeth, me habló de esperanza y perdón,  de ese que una necesita para quitarse las culpas y determinarse nuevamente a ser feliz. Rafael será tu maestro, tu amado hijo, tu fuerza, tu regalo, me dijo. Cuanta verdad... ¡ahora lo sé!

No siempre la vida regala la oportunidad de estar desde “el otro lado”. Pero por alguna razón esta vez  estaba yo intentando ser consuelo, frente a una mujer frágil, que necesitaba fuerza, apoyo y paz. Estaba ahí, para recordarle a esta nueva mamá, que la vida es siempre perfecta. Que lo que pasa siempre es bueno y que a veces lavarse la vida con lágrimas puede ayudarnos a recibir con un corazón más humano, las sorpresas y los regalos.

“Vas a volver a ser feliz”, le dije.  “Eso tienes que creerlo”, “Esta pena pasará, encontrarás mucha felicidad y tendrás un viaje maravilloso”, “Recuerda que podemos ser felices siempre -si así lo queremos-  en cualquier circunstancia que la vida nos presente”.

Le recordé que cuando somos capaces de quitarnos los miedos y romper nuestros prejuicios somos más libres para sonreír y para amar. “Disfruta la experiencia de tener una vida nueva en tus manos”, le insistí.

Y cuando ya estés lista “desde el otro lado”, súmate al activismo para apoyar la construcción de un mundo más tolerante y menos discriminador para nuestros hijos y para todas las personas. Te esperaremos para gritar fuerte: SÍ a la inclusión, siempre al amor…  y sin miedos vamos por el derecho a la diversidad en cualquiera de sus formas.

PD. Gracias Elizabeth Montes y  felicidades ANDAC por estos primeros ya casi 35 años de trabajo en favor de las familias de hijos e hijas con síndrome de Down de todo México. ¡Gracias Liz!




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