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Artículo

Copa rota


Denise Dresser

Perdimos al Instituto Nacional Electoral. Se rompió. La copa de champagne con la cual celebramos la transición democrática es un manojo de cristal despedazado. La copa prístina, transparente, perfecta ha quedado hecha pedazos. Ya no hay con qué brindar. Porque la confianza es como un vaso; una vez que está roto, ya nunca será el mismo. Y el INE con sus acciones y omisiones desde 2003 ha ido astillando la copa, resquebrajando el recipiente. La ciudadanía mira al árbitro electoral y no ve ahí imparcialidad, autonomía, capacidad para asegurar la equidad y la limpieza electoral. Al contrario. Hoy el INE politizado y partidizado contribuye a acentuar la desconfianza que fue creado para combatir. De la copa solo quedan los trozos desperdigados, cortopunzantes, peligrosos.

La primera grieta se dio en el 2003 cuando los partidos violaron los acuerdos que ellos mismos habían hecho para normar la integración del Consejo General. En vez de un consenso abierto hubo una negociación a escondidas. En vez de respetar pactos fundacionales, el PAN y el PRI los violaron, ayudados por la recalcitrancia del PRD. Ahí, en un restaurante, Elba Esther Gordillo y Germán Martínez Cázares se repartieron los puestos y cuartearon a la institución. Ahí acordaron minar la autonomía de un órgano cuyas multas les molestaban.

Y después vino la elección del 2006 ante la cual un IFE débil no reaccionó como debió haberlo hecho. Y después vino la elección del 2012 ante la cual un IFE priizado desechó las impugnaciones por las tarjetas Monex y Soriana. Y después vino la elección del 2015 ante la cual un INE presionado ignoró las violaciones reiteradas y sistemáticas a la ley llevadas a cabo por el Partido Verde. Y después vino la elección en el Estado de México ante la cual un INE secuestrado justificó Tarjetas Rosas y tarjetas de débito y transas por doquier.

La lista de omisiones es cada vez más larga; la lista de claudicaciones es cada vez más extensa. Tan sólo porque en Quintana Roo, Veracruz y Chihuahua ganó la oposición nos hemos enterado de los desvíos multimillonarios de recursos públicos a campañas priistas. Tan sólo porque hay organizaciones como Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad y algunos medios independientes hemos descubierto lo que Borge y los dos Duartes hacían con nuestros impuestos. Financiar campañas de su partido en otros estados; enviar dinero en efectivo para comprar votos y construir clientelas; recurrir a constructoras para canalizar recursos carreteros a contiendas políticas.

Y ante todo esto, ¿qué hacía el INE? ¿Qué hacía la Unidad de Fiscalización que nos cuesta 400 millones de pesos al año y está dirigida por un colaborador cercano de Alfredo del Mazo?

El INE estaba ciego, sordo y mudo. Encerrado en la autocomplacencia. Brindando porque lograba instalar casillas a tiempo. Utilizando criterios cambiantes o francamente inverosímiles. Con dirigentes débiles o extorsionados o cómplices o cerrados a la crítica o impasibles ante el deterioro cada vez más grave del proceso electoral en el país. Con un consejero presidente -Lorenzo Córdova- escribiendo columnas en las cuales asegura que “los controles por parte del INE son cada vez más robustos y eficaces”. La autoridad electoral sigue viéndose a sí misma como copa de champagne cuando no es ni envase de Frutsi. El INE no fiscaliza, normaliza; el INE no penaliza; trivializa. Ríos de dinero de procedencia ilícita recorren el sistema electoral y el INE se vanagloria de recoger un poco de lo vertido en su vasito agrietado.

Y si no lo reconocemos, la crisis de institucionalidad que atraviesa México no podrá ser resuelta. No podrá ser encarada. Se agravará con la elección presidencial, con la elección de senadores y diputados, con 30 elecciones locales durante 2018. En un mismo día, un INE roto enfrentará elecciones que también lo están. La fiscalización de la cual es responsable ha fracasado; las autoridades estatales que ellos eligieron están al servicio de los gobernadores; las funciones para las cuales fueron designados se cumplen sólo de manera parcial y discrecional. Por ello es necesaria la renuncia del Consejo General del INE y su sustitución vía un proceso de designación ciudadano.

La copa rota no puede ser compuesta con un poco de pegamento. Está hecha trizas y habrá que reemplazarla con una de la cual podamos beber confianza, no vidrio molido.



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