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Aventuras del Mantarraya

Brazos partidos


Óscar Leal

Después de suspender un par de años las visitas a la presa, llegamos al rancho del buen Roberto, para toparnos con la desilusión de ver los caminos copados de maleza, imposible para la camioneta seguir avanzando sin antes maltratar la pintura; a tan sólo a un par de escasos kilómetros del aguaje principal, sin rajarnos como pescadores de hueso colorado, armados con un par de machetes empezamos la tarea.

Después de invertir una hora a brazo tendido, logramos desmontar el camino y abrir paso muy necesario para acercar la camioneta a la presa, con desilusión observamos el ancho de la presa cargada con la misma maleza y arboledas altas en todo su alrededor, lo cual nos imposibilitaba realizar lances, la vista nos iluminó justo frente al otro extremo de la presa, resplandeciendo  como cofre rebozando de oro, a nuestra vista saltaban un par de claros amplios, que nos brindaban la oportunidad de intentar capturas.

Sin frenar nuestras ganas de aventura, a paso lento los machetes, una vez mas, eran nuestra única esperanza para abrir el camino, definitivamente la mejor opción, después de tomar un merecido descanso, era bajar de la camioneta y seguir a pie, la mañana fresca, a pesar del cansancio, nos incitó para rodear la presa. A medio camino el peso del equipo de pesca y turnar el peso de la hielera nos empezaba a cobrar factura, el dolor de espalda y con los brazos literalmente reventados, después de lograr llegar a los claros, nos obligó a dejar caer todo al suelo, para entonces, el clima ya rebasaba los 38 grados centígrados.

El elevado calor corporal nos obligó a sumergirnos de un limpio clavado en las frescas aguas; sin todavía secarnos las ropas, nos adueñamos de la hielera cargada con sándwiches y el vital liquido nos ayudó a reponer las fuerzas necesarias antes de poder tomar las cañas y empezar a realizar lances a diestra y siniestra.

Caminando dentro del embalse con el agua hasta la cintura, aprovechamos para seguirnos refrescando y realizar lances cercanos a troncos hundidos que se encontraban en la parte media, estrategia que no arrojó ninguna captura, muertos de cansancio y sin soportar los intensos rayos solares nos refugiamos bajo la sombra de un mezquite, sin abandonar la pesca, nos conformamos con lanzar un par de sogas “cebadas” con pan de barra, minutos después una mojarra cayó en el engaño y mas avanzada la tarde, después de una minúscula siesta, a punto de llegar el ocaso una buena carpa nos alegro el día.

En esta aventura de pesca dejamos asentado, fue más grande el esfuerzo y las ganas de pescar, que el tamaño de nuestras capturas, sonriendo iniciamos nuestro regreso.

Cuéntame tu historia, tú ya conoces la mía… 

viajesdepesca@hotmal.com



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