29/07/2017

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Bitácora republicana

El poder y la historia


Porfirio Muñoz Ledo



Me ausenté la semana anterior de esta columna a consecuencia de los festejos que recordaron mi 84 aniversario. La celebración pública fue en extremos fraterna y plural. La iniciativa partió de los miembros de la Asamblea Constituyente, presidida por el senador Alejandro Encinas. Me sentí confortado en la cercanía de personalidades que son como capas geológicas de mi vida pública y personal. Especial mención hice de mis colaboradores de antier, ayer y de hoy, gracias a cuyo talento, convicción y lealtad realizamos tantas empresas compartidas. Me permití expresar en voz alta algunas reflexiones biográficas.

Durante varios meses he estado removiendo libros, testimonios y documentos que yacían en mis bodegas: “Porfirio a través de sus cajas”, como diría mi asistente. La necesidad de un balance a esta altura tardía de la existencia. Queda claro que pertenezco a una generación forjada en el amor invencible y hasta incandescente por la patria. Mis padres, ambos profesores, me inculcaron el conocimiento de la historia de México y del mundo; fui guiado además en la universidad y en la función pública por dos grandes maestros: Mario de la Cueva y Jaime Torres Bodet. Ciertamente tuve inquietudes y realizaciones políticas en la Facultad de Derecho, pero impedido por la necesidad y la vocación, orienté mi vida hacia la docencia. Ocupé mi primer cargo de responsabilidad cuando tenía 27 años: Subdirector de Educación Superior e Investigación Científica. Ingresé a la administración por la vía del magisterio, con el peligro de abandonar la educación por la vía de la burocracia; lo que afortunadamente no sucedió.

Pienso que la verdadera política es pedagogía social, porque no soy sino un profesor que incursionó en la política con la ilusión de escribir sus enseñanzas en el pizarrón de la historia. El campo docente que elegí desde mis estudios en Francia, fue el sistema político mexicano, gracias a la insistencia del profesor Maurice Duverger. Fundé años más tarde la primera cátedra sobre esta materia en El Colegio de México, a invitación de Daniel Cossío Villegas. Impartí el curso en la Normal Superior y más adelante en la Facultad de Ciencias Políticas sobre la transición política y la reforma del Estado.

He pretendido la reforma del poder, sea ejerciéndolo o desde la oposición, como iconoclasta intentando demoler sus vicios y sus mentiras. Alguna vez declaré que hay quienes ejercen el poder y son olvidados por la historia y hay quienes pasan a la historia sin haber llegado al poder, en obvia alusión a la Presidencia de la República.

Para Andrés Molina Enríquez, los grandes problemas nacionales derivaban de la acumulación de la tierra que determinaba todas las relaciones políticas, sociales y económicas. Hoy el problema central es el la acumulación del poder: cómo se ejerce y a quiénes sirve. La reforma del poder es la transferencia de las decisiones políticas a la sociedad. Así lo consagra la Constitución de la Ciudad de México, ya que más allá del texto de la Carta Magna Federal, prevé todas formas de la democracia directa y participativa, así como la ciudadanización de los órganos de autoridad. Por eso hay que defenderla ferozmente en todos los ámbitos.

Una última reflexión que emerge del recuerdo. En mi despedida de la representación de México en las Naciones Unidas, para dedicarme por entero a la Corriente Democrática en compañía –ya icónica- de Cuauhtémoc Cárdenas e Ifigenia Martínez; el presidente de los Países no Alineados, que conocía bien a nuestro país dijo: “Cuando Muñoz Ledo llegó a este foro universal, todos sabíamos que no era un diplomático, sino un político. Nos equivocamos: Porfirio no es un político, ¡es un luchador!”.

Luchadores somos todas y todos los que aquí estamos, desde diversos ángulos de incidencia en la vida nacional, por eso nos hemos reunido. Sólo la lucha inteligente, perseverante y hasta heroica de la sociedad, permitirá desterrar las plagas que corroen a nuestro país, cancelar la injusticia, la desigualdad, la corrupción, la impunidad, el desdoblamiento decadente del Estado y la evaporación de la soberanía nacional; hará posible una vez más restaurar la República.

Ese es creo, más allá de todo homenaje, el compromiso de vida que nos une.




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