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Selva urbana

Pillos como ellos


Mauricio Belloc

Si robásemos los ciudadanos fronterizos del norte del país, como lo hace el Presidente de la República en turno y todos los miembros de su gabinete, no traeríamos carros “chuecos”.

Si extorsionásemos a los demás mexicanos como sí lo hacen los empleados del SAT, de Aduana México o de la Policía Federal Preventiva y de Caminos, créanos que no traeríamos mugrosos carros ilegales, sino puro auto de agencia, mexicanos y al corriente en sus pagos de derechos vehiculares.

Apenas el martes pasado, día primero de este mes, intitulamos nuestra colaboración “Autos chuecos”, donde decimos que casi tres de cada cuatro coches en Nuevo Laredo andan sin láminas numeradas o tienen placas de Alabama, Arkansas o Alaska, ¡bueno hombre!, de Texas, de aquí cruzando el río.

Ningún funcionario de medio pelo para arriba, de los tres niveles de gobierno, del partido que usted quiera, en este momento en el poder, se puede decir que se va limpio en su actuar.

Es cantadito de que todos y cada uno de los que tienen un poder en la función pública, saca raja de su puesto, por su chamba obtiene un extra monetario, más allá de su sueldo, ese extraordinario capital, que le da para una casa o dos, para tres o cuatro carros, para comodidades de él, su señora e hijos.

¡PÚDRANSE MALDITOS!

No ha nacido o mejor dicho, los 121 millones de mexicanos -más los 12 millones que ya se fueron del país porque no aguantaron tanto robo y tanta extorsión-, no hemos visto a un político o servidor, a un vividor del erario, que no sólo le pegue a la caja de las galletas, sino que también le hinque el diente al morral del ciudadano decente.

No hay un solo funcionario de medio pelo, que no le dé un “ráscale” al dinero de los mexicanos, abusando de su cargo.

Ciudad, Estado y administración federal, todos son iguales de abusivos con el pobre y de rateros del presupuesto.

Y ni se diga los que ahora (SAT, AM y PFP) andan persiguiendo al pueblo para quitarles sus autos extranjeros.

Para ellos, el pobre ciudadano, o mejor dicho, el ciudadano pobre, es un auténtico delincuente, un maleante en potencia, pues trae carro chocolate, para burlar al fisco, para traicionar al país, para empobrecer a la nación.

Si la gente maneja -o más bien batalla- con un relingo, una garraleta o una caramayola de pastor, de esas de 300, 400 y hasta de 500 dólares, es por todos los siguientes motivos válidos o valederos.

No le alcanza con su mísero sueldo o sus ingresos totales; agréguele el descarado rebaje por cuestión de impuestos (Predial, IVA, derechos vehiculares, a los combustibles, autos nuevos, etcétera).

Añádale los pagos de derechos y de tarifas oficiales de gobierno (gasolina, pasaje, autopistas, puentes y un gran abanico de sangramientos económicos); a eso, ahora súmele el costo de manutención de sus críos; y el religioso desembolso para la cínica corrupción.

No hay salario, sueldo o ingresos, del mexicano promedio, que rinda para mercarse y traer un coche nacional y en regla.

PERO HAY UN DIOS

Pero eso no lo entiende el vividor gubernamental, ese desgraciado al que el pobre mexicano todavía con decencia y respeto, le llamamos “estimado” cuando nos está extorsionando y arrebatando nuestro dinero.

Para los infelices esos del gobierno, uno es malandro, todos -en especial los fronterizos del norte- practicamos de corazón, el deporte de burlar la ley, cuando que ellos son los ladrones, los malvivientes, los rateros, y los defraudadores.

Y todavía te dice el muy cínico, cuando te quita tu “sorjuanita” o tu Nachito (Zaragoza): “No es para mí, usted ya sabe mi buen, es para el de arriba, que no tiene llenadera y que no perdona su cuota”.

La gente del SAT -parte de la pléyade de funcionarios tan “sin embargo” a los que nos referimos en las primeras líneas- deben entender que la raza, nuestras familias y amigos, no anda “chueca” porque le encante ser checoslovaco o chocolate, porque en ese caso traeríamos unos carros y unas troconas bien groseras, de esas que ni siquiera se venden en México.

Vehículos precisamente como los que ellos traen, sean sus autos particulares o los de trabajo, muebles sin placas, o con láminas mexicanas “colgadas”, de esas que ellos consiguen en la Oficina Fiscal del Estado, en cualquier municipio o entidad, incluso de la Federación.




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